Racismo y odio contra candidatos a la Constituyente

De la Constituyente convocada por el presidente Maduro han dicho de todo: "te va a quitar tu casa, tu carro, tu par de perros y gatos, te quitará tu bodega, tu trabajo, la escuela privada que cobra bien caro la educación de tus hijos, tus hijos y hasta las cosas que ha subsidiado el Gobierno: cherys, teléfonos inteligentes, viviendas, etc."

Nada muy alejado de las mentiras en torno a la propuesta constituyente del presidente Chávez de 1998. Años después la misma realidad terminó por demostrar que no fueron cubanos, rusos y chinos casa por casa, urbanización por urbanización, con una jaula tamaño galpón industrial a depositar lo que le quitaban a la gente.

Y quizás una pregunta igual de estúpida que la fantasía del antichavismo que hoy se reedita es la mejor respuesta. ¿Qué carajo le importa al Gobierno si usted tiene dos carros, tres motos y una casa en Prados del Este y otra en Tucacas? Créame, el Gobierno está más preocupado en no dejarse tumbar que en andar fiscalizando qué tiene usted y qué no.

Pero ese miedo (que ya lleva casi dos décadas) de la clase media y alta venezolana de que algo sustancial están por perder, va más allá del dinero y los objetos físicos. Hablemos claro: ellos sabían en 1998 que Chávez no iba a imponer un Estado comunista come niños.

Con la Constituyente que no se iba a transformar a Venezuela en una réplica de la Unión Soviética o de Cuba, ambos procesos políticos que bajo una intensa campaña de propaganda han sido ubicados como los peores de la humanidad, mientras se ensalza el éxito del modelo paraco de Colombia y el narcotraficante de México: las verdaderas tragedias sociales de la región en el siglo XXI.

Sí, el miedo era parte de una campaña política para intentar desconocer la Constitución que hoy defienden falsamente. Pero lo que encubría esa estrategia era mucho más sustancial que los comercios, cuentas en el extranjero y lujos de la clase media y alta: en Venezuela iban a escribir la Constitución, nada más y nada menos, que autobuseros como Nicolás Maduro y profesores como Aristóbulo Isturiz, entre otros políticos nacidos de la clase pobre.

En su lógica racista los "negros, pata en el suelo, muertos de hambre, pobres, hediondos y sin dientes", que no deben participar en política ni andar definiendo el rumbo del país, aunque sean los que lo ponen a andar con sudor y despertándose a las 5 de la mañana, sino trabajar de vigilantes y plomeros en la casa de los ricos gobernantes. 

De la Venezuela decente, sifrina y universitaria, que luego de 100 años gobernando sin oposición y después de haberse nutrido de la cultural del Norte, nos dejó una Venezuela dependiente del petróleo, con un aparato productivo que lo que único que "produce" es cerveza y chucherías, un país al que se le impuso como  única cultura el remedo barato de la mercadotecnia gringa.

Con carreteras y autopistas que se hicieron para beneficiar a contratistas  y por eso antes uno se tardaba casi 9 horas en llegar a Barinas, casi 16 a Bolívar y casi 12 a Puerto La Cruz. Un sistema de educación que en libros de texto acostumbró a los niños a una imagen de indígenas arrodillados ante Colón, dándole la bienvenida con una ofrenda de manzanas y kiwis. Podríamos seguir pero estos detalles definen el legado de la Venezuela sifrina y decente: un país feo y sin historia propia pero saturada de lentejuelas y Perfume Factory.

Es ese país y su historia de entreguismo el que temen perder con la Constituyente.

Para que una mentira pueda ser transformada en verdad luego de repetirse mil veces, como reza la máxima de la propaganda nazi, la mentira al menos debe ser buena. Por ende, ya no basta con la estrategia de pánico utilizada con anterior, sino atacar con racismo y discriminación a los candidatos de la Constituyente.

Y es así como desde distintos medios (El Nacional a la cabeza), donde se incluyen youtubers, grupos estudiantiles y opositores furibundos, se lanzan disparos de odio contra estos candidatos, tildándolos de "brutos" y de no saber nada sobre economía y política, y que "esa gente" no puede definir el futuro del país.

Con la excusa de la Constituyente la oposición dirige ataques armados, quema chavistas, destruye ciudades y ataca centros de salud, no lo hacen porque la Constituyente vaya a quitarle casa y perro a la clase media y alta, sino porque la democracia que ellos proponen para Venezuela no admite chavistas pobres.

Porque es el momento y la hora para exterminar por la vía física a toda expresión de participación política que desde 1998 ya no es exclusiva para la Venezuela decente.

La violenta campaña de odio y racismo contra los candidatos a la Constituyente es de la misma magnitud a la rabia de que, nuevamente, sean los pobres de este país quienes definan el marco político para los próximos años.

Que a diferencia de ellos en el poder, esos tildados como pata en el suelo no buscarán el exterminio de la clase media, ni limitarán su derecho a participar en política, ni los lincharan por marchar con una bandera de Primero Justicia y Voluntad Popular o por tener un comercio.

Nos siguen viendo como los plomeros, albañiles y vigilantes que debemos cumplir sus órdenes, y si no queremos, entonces merecemos ser asesinados. El problema es que esa Venezuela del horror es la abundante mayoría, es quien trabaja y mueve el país con su sudor, quien no hace trancazos ni quema gente que piensa distinto porque tiene como prioridad vivir sin joder al otro.

De frente a esta campaña de odio está la tesis de que los pobres no saben nada de temas económicos, sociales y políticos, y que por ende llevarán a Venezuela al desastre.
Sin embargo, es la ama de casa que administrando un sueldo hace magia contra la especulación y lograr alimentar a toda la familia. Son los pobres que en comunidad se organizan, sin los recursos y las gandolas de Polar, para llevar el CLAP a las familias del barrio, por más montada en el cerro que esté.

La fuerza política y social que mueve a Venezuela el antichavismo no quiere que se vea reflejada en la Constitución, y tienen razón: ¿cómo es que la resolución de algunos problemas la encontraron primeros un montón de pobres antes que nosotros, estudiosos, decentes, conocedores de mundo y con más títulos en universidades extranjeras para montar una fábrica de papel tualé?

Lo sentimos por Leopoldo López, Julio Borges, Henrique Capriles y María Corina Machado, que creen que Venezuela empieza en el Sambil y termina en Parque Cristal.

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