Cuando la felicidad es genuina se hace imposible ocultarla

Dirigentes y periodistas antichavistas festejan que continúe la guerra en Colombia

Los dirigentes, opinadores y periodistas más influyentes del antichavismo lo volvieron a hacer: celebrar la muerte sin ningún disimulo. Da lo mismo si es en Venezuela o en Colombia.

Más allá de los lugares comunes, clichés y críticas en torno al plebiscito donde salió ganadora la opción del NO -a los acuerdos de paz-, lo cierto es que en dicho proceso estaba en juego la posibilidad de parar la muerte y detener las balas que tantas vidas ha cobrado en Colombia.

Festejar la victoria -pírrica- del NO expresa el interés por parte del antichavismo de que dicho conflicto no tenga fin, de que no exista ni la más mínima posibilidad de resolverlo por la vía política. Que siga corriendo sangre y muerte por las venas del hermano país.

Porque de lo contrario sería reconocerle a Hugo Chávez y a Nicolás Maduro, o peor aún, a Fidel y Raúl Castro, la iniciativa política de mediar en el conflicto y de imponer la necesidad de resolverlo.

Pero esa mediación no sólo incomoda por su significado político a nivel internacional, sino por quién quedaría excluido: Álvaro Uribe Vélez. Aliado económico y referente político para los sectores antichavistas más recalcitrantes.

Detrás de tanta alegría miserable por los resultados electorales del día de ayer, también se condensa el igual de miserable afecto y la estrecha dependencia emocional que siente el antichavismo hacia los operadores de la guerra contra los pobres de Colombia.

De ese reinado de terror de Álvaro Uribe Vélez, la MUD es su embajada.

Y no es de gratis. El antichavismo proyecta en Colombia su añorado país de leyes de amnistía, de políticos criminales absueltos y con licencia para matar, de legalizados mecanismos de financiamiento a partir del narcotráfico y del saqueo transnacional de cuanto recurso -mineral o humano- se pueda explotar.

Los siguientes tuits describen no sólo el carácter despreciable de las opiniones del antichavismo en torno al plesbicito y la oportunidad de detener parcialmente la muerte en el hermano país, sino de lo que le auguran a Venezuela desde lo más profundo de su corazón.

 

Otros buscando encubrir preventivamente su felicidad, lanzaron comparaciones falaces y descontextualizadas sobre el sistema electoral venezolano y colombiano.

Como si era la supuesta eficiencia del proceso lo que estaba en juego y no algo mucho más sensible para la vida de millones. Como si ver los resultados en tiempo real fuera una especie de ejemplo para el mundo, sobre todo en un país que tiene una guerra de más de 50 años sobre el lomo y más de 6 millones de desplazados. Eso sí que es una verdadera democracia, no joda.

Es el mismo síntoma de la clase media colombiana (que votó mayoritariamente por la opción del NO), que ubica su sentido de pertenencia a partir de la velocidad que tenga el internet, la amplitud de los estacionamientos en un centro comercial y cantidad de marcas de telefonía celular habilitadas para su consumo.

Esa miopía clase media también es producto para el consumo mediático y lo que veremos a continuación es su bilis derramada en la opinión pública.

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