Hugo Chávez y nuestros hijos

A Xio Ramírez

Escribe una querida amiga en el face que su pequeño hijo, quizás como suele hacerlo el adulto aburrido o descansando en la cama, comenzó a cambiar los canales del televisor y de pronto se detuvo en la retransmisión de un Aló Presidente. Fijando la mirada en nuestro inolvidable comandante, preguntó a la abuela: “¿Chávez ya despertó?”. Se impuso un silencio profundo, desconcertante ante la inocencia del pequeño, hasta que la abuela le respondió con unas palabras que aún deben revolotear en ese “yo” secreto de los niños; ese que no tiene lenguaje ni divertido ni fascinante sino que es pensamiento puro: “No, hijo –le dijo– él nos despertó a todos”.

Mi hija cuando tuvo 5 años me preguntó una vez en el Cuartel de la Montaña, frente al Mausoleo donde “duerme” Hugo un sueño de epopeyas, truenos errantes, canciones y voces políglotas, pesadillas tramadas en mundos poblados de humanos sobrevivientes a las guerras y a la pobreza, de heroísmos y congojas; ese sueño tumultuoso que duermen los guerreros, los inmolados, los mártires, los imprescindibles, que el servilismo burocrático cuelga en paredes pulcras de ostentosas oficinas sus imágenes para entregarse al porvenir del dinero sin pasaportes morales; ese sueño llamado “eterno”, pero que con frecuencia se levanta y toma el camino opuesto para integrarse a nuestra cenas y entrar por la puerta sin anunciarse, a nuestra vida diaria y alarga su mano para saludar y su voz para preguntar, creando imágenes sutiles de su andar por las calles, interrogando otras voces, escrutando, rastreando de vuelta sus propias huellas a plena luz de día.

“¿Puedo verlo, Papá”?, me dijo Natalia, fijando sus ojos en los míos, por donde corrían torrentosas lágrimas, pero extrañamente como un río arrebatado, saladas e interrogativas. ¿Qué carajo te hicieron, hermano?, me dije, le pregunté. “Hay muchas formas de verlo, hija”, le expliqué a Natalia. “Por ahora está durmiendo”.

Es el árbol, el tronco, la raíz de un país que estaba en estado de coma, de orfandad y pobló el imaginario de todos de esperanzas y vigor

Lo más esencial y difícil, pensé, era explicarle que su ausencia es un dolor cuya tuerca nos aprisionó con él y no podemos girarla entre ella y yo. Ella siguió preguntando con curiosidad y yo sentí que debía enseñarla a comprender la verdad. Entonces le confesé: Hugo se murió y no va a volver nunca. Ella hizo silencio y vimos cada rincón del Cuartel.

En la noche, en casa, buscó un xilófono, y mientras yo lloraba tirado en la cama, compuso canciones que jamás había escuchado. Lo hizo mientras yo lloraba. Y me dijo de una manera tan infantilmente incomprensible para mí: “Ya, Papá, a mí no me gusta que los hombres lloren. Lo veremos por televisión”.

La ausencia, la no presencia física de Chávez en los niños que viven o conviven en familias chavistas probablemente sea tan sentida como la de los adultos, pero más enigmática psicológicamente, le dije a mi amiga: lo ven por la tele, nos escuchan hablando de él constantemente, salen a la calle y lo ven en las paredes, en la ropa de la gente, en la piel. Por ejemplo, mi hija ve con curiosidad y en silencio la firma tatuada de Hugo en el brazo de su hermano mayor y de su compañera. Hugo es un arquetipo del Padre, no hay duda. Es el árbol, el tronco, la raíz de un país que estaba en estado de coma, de orfandad y pobló el imaginario de todos de esperanzas y vigor, y ahora que no está, su ausencia tiene visos emocionales tremendos, tanto en la vida política como en la vida diaria. Es un duelo quemante. No como el amoroso, porque en éste uno puede encontrarse al otro en la venta de verduras comprando perejil. El duelo amoroso puede incluso a llegar a convertirse en una poderosa liberación de la enajenación que a veces produce el amor y la persona puede enamorarse otra vez con más sabiduría, con otros elementos amatorios y ser medianamente feliz, estar cómoda, serena, sin los sobresaltos de la crisis tradicional de la pareja. Pero el duelo por la muerte del Padre (en este caso de su arquetipo) es un hondo vacío que de vez en cuando, a veces a diario, te hace una emboscada mientras te duchas o conversas sobre el clima, la moda o sobre esa frase de García Márquez: “Hoy huele a domingo”.

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