Chávez y Misión Verdad

La prevalencia y el fulgor que Hugo Chávez otorgaba al minúsculo y a veces imperceptible detalle que parecía no formar parte de la musculatura que agitaba su campo verbal y el de nuestra imaginación inquieta, nunca fue nada sutil en lo público. Era su arte puesto en la escena y una forma también de percibir los sentidos, los espejismos, ese "yo lírico", que, sin duda, hacía que todos "actuáramos".

Fue una de las habilidades más cualificadas, más impactantes de su discurso impugnador, aquel lenguaje casi fílmico que pulsaba las emociones, las alegrías, los miedos que camuflaba con humor o anécdotas silvestres, o con sus ojos dialogados al borde del llanto o la tristeza, cierta teatralidad que él mismo asumía como si ésta fuera una cuerda templada de acrobacia sin caerse pero sobre todo para no dejarnos caer al vacío, a lo insondable. 

Como ocurrió aquella noche de copiosas paradojas y ansiedades inenarrables, cuando el imaginario se pobló de una nube transversal con la mala sombra del espanto –yo la vi. El oeste de Caracas y, desde el Balcón del Pueblo, convocó a nuestros enemigos históricos a los que muchos de sus correligionarios les pareció una especie de patíbulo que fue aceptar los resultados del llamado "firmazo": "Vengan, les dijo, los espero en Santa Inés, allí quería verlos".

Yo andaba con una novia a la que tuve que inyectarle un sedante para ponerle un torniquete, pues me sentí causante de su depresión: le había dicho en la tarde, cuando el CNE anunció la noticia: "No vamos a poder, estos degenerados tienen su comando de campaña en la CIA y en el Pentágono. Nos van a dejar como una de esas matanzas de Goya. Hay que buscar dónde refugiarse", le había dicho, y ella comenzó a desertar de la ilusión, del coraje, vislumbrar una derrota y el comienzo del fin del mundo.

"¡Santa Inés, Florentino y el Diablo!", ¿de dónde había sacado Hugo esas mangas aquella noche de impecable factoría? El corrío de Alberto Arvelo Torrealba parecía una pieza extraviada entre El Pájaro Chogüí y la más añeja canción de Lila Morillo, menos para ciertos adecos avezados, pero sí, en cambio para esa izquierda de los que uno cría y le sacan los ojos, que esperan un megáfono para avanzar elevando consignas de Lenin, Rosa Luxemburgo y Trotsky, un preservativo arqueológico.

Lo demás es un traje cortado cuya atracción llegó, incluso, a detener los relojes en los conciliábulos de las derechas e izquierdas en el planeta, incluidos los trotskistas de estas tierras, siempre pastando de la "autocrítica".

Es que nunca pudo ser de otra manera. Hugo Iba o trascendía de la construcción de un relato, a veces laberíntico, zigzagueante, bíblico, familiar, lúdico, libre, como si su verbo fuera un caballo y él un jinete dueño de la travesía globalizada de una sabana de Apure, o un paraje de la Pampa Húmeda o una franja insondable del Sahara, cuyos límites los decidía él, tal como ocurre en las epopeyas cinematográficas de nuestra infancia, cuyos efectos especiales, de algún modo aparecidos intermitentemente en la escena discursiva del héroe, y a cielo abierto, no requería de intermediarios, ni de matices, tan pronto él (director y actor) decidiera hacernos –a su lado– pisar la tierra de un modo abrupto, interpelativo, autocrítico, y así volver a la idea primigenia, motivacional que permanecía oculta, agazapada, debajo de la manga, tan hundida y subterránea e inimaginable.

Sin la enormidad de su conciencia, habría sido imposible llegar hasta donde hoy hemos llegado: a investigar para desemascarar, a decir lo que no se ha dicho, a bajar el telón de la ignominia

De pronto, a partir del 8 de diciembre del 2011, sucedió una especie de magia propia de las novelas de Faulkner, una muy bien laboriosa inquietud derivada de la amistad de la adolescencia, transparente, sin permiso de nadie (además, ¿de quién?) en una de esas llamadas del mes de la despedida, Hugo me confesó sólo prestar atención a aquellos gráficos que reflejaban la realidad económica de Giordani, pero una noche o días anteriores, viendo La Hojilla, vio unos cuadros que publicamos en el libro sobre el Golpe de Abril a propósito del comportamiento mediático de esos días.

"¿Esa vaina la hiciste tu?", me dijo inquieto. Y se extendió, sin optimismo pero con curiosidad, a indagar hasta dónde iban a llegar los medios privados con motivo de su enfermedad. Yo entendí muy bien de qué se trataba su preocupación. Lo entendí mejor después del 5 de marzo. Quería llegar hasta el final, hasta ese final que a veces intuimos como lobos nocturnos; conocer sus repercusiones intrínsecas, la dimensión geográfica, las referencias universales de esa plaga que poblaba el clima del planeta. Fue una conversación difícil, crucigramática. Me dijo: "No te quiero angustiar, ¿pero podrás averiguar algo más?".

Yo sentí un privilegio ciertamente doloroso y desconcertante que compartí con el poeta Miguel Márquez, y mis amigos Jesús Ernesto Parra, Miguel Leonardo Rodríguez y Gustavo Borges Revilla. Y comenzamos. Comenzamos a caminar a ciegas, tristes, ceñudos. No sabíamos qué hacer más allá de lo que se plantea un novelista: pintar las escenas, imaginarse los personajes, como hizo Eco en su novela En nombre de la rosa.

Y así fuimos avanzando con temor. Nos convertimos en un laboratorio ambulante, secreto. En una logia cuya corriente críptica nos llevó a publicaciones como 4F. Un puñado de pájaros contra la gran costumbre, Un día para siempre, La patria está en otra parte, y, finalmente, a los primeros impresos de Misión Verdad para Barinas, Lara, el oeste de Caracas y contribuir a las campañas electorales de entonces.

El libro de Romain Migus sobre uno de los programas de HCR se convirtió para Hugo al final de su vida en un juguete interactivo que lo distrajo. Nuestra participación en las campañas de Barinas, sobre todo, al lado de su hermano Adán, le volvió cálido el corazón hasta que, de pronto, anunció su último viaje a Cuba. Nuestra compañía no podía ser otra. No hubo más gráficos. Sólo una multitud cada vez más crecida de gente (en el mundo) con sus ojos puestos en la valentía y conciencia de nuestro líder.

Sin él, sin la enormidad de su conciencia, habría sido imposible llegar hasta donde hoy hemos llegado: a investigar para desemascarar, a decir lo que no se ha dicho, a bajar el telón de la ignominia. 

Con él, nos sumamos como soldados en esta artillería que hoy es Misión Verdad, que marcha aparejada a las acciones y la conducción de Maduro, se la brindamos como aporte, que es, también, legado, hija del Padre de la Revolución.

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