La política de las multitudes y la traición oligárquica

Montoneras

De un pasquín del siglo XIX, "Profecía de un cumanés sobre la venida del marqués del Toro", se lee: "Ya este pueblo se ve ahíto / de marqueses y pelucas". Se volvió consigna para la turba que nació para destruir lo constituido, aun ignorando que abría la trocha para erigir nuevas sociedades.

Ceñida la vincha a la frente y el amolado charapo a la altura del muslo, a caballo sin silla y una daga en el costado, el peón avanzaba hacia la guerra con la voluntad de quien no conoce otro paraje que la muerte. Porque era la muerte la causa de sus penas, mancilladas de torturas esclavistas y miserias ajenas del blanco. Y era la muerte, o más bien la destrucción de todo lo existente lo que movía al peón en su consistencia histórica.

Las montoneras arrasaban como trocha de fuego por los llanos calcinando hatos enteros y arrasaba ciudades enteras en busca del botín, única justificación que se concedía la turba como hecho intuitivo, reclamo de lo que no fue dado a lo largo de la historia. La del esclavo era la repetición en otra escala social (y hasta cultural) de la historia del amo, su proceder en la guerra, que desde las comodidades del poder no ensillaba criaturas alebrestadas sino que esperaba la carne en vara en la mesa que no hizo.

C.L.R. James, para explicar esta psicología de la turba en su definición sangrienta y hasta típicamente anhelante de propiedad, dijo sobre los jacobinos negros de la Haití revolucionaria: "De sus amos aprendieron la violación, la tortura, la degradación y a la menor provocación la muerte; pagaron con la misma moneda. Durante dos siglos la civilización superior les había demostrado que el poder era utilizado para quebrar la voluntad de aquellos que controlas. Ahora eran ellos los que detentaban el poder y lo usaron del modo que se les enseñó".

De Boves se dice que asesinaba centenares de sifrinos a kilómetros, de Martín Espinoza que cortaba cabezas y extremidades cuando éstas eran capaces de leer y escribir, de la turba efervescida que las bacanales se celebraban hasta el canto de los gallos. La obtención del botín de guerra era el móvil físico; el histórico era la expoliación prolongada y sostenida durante milenios. No conocemos (aún) otra historia que la de la guerra.

"Dios está muy alto y el rey tan lejos"

El pueblo en armas: Bolívar así lo reclamaba con sentido político y preciso para construir la República anhelada. Esta esencialidad, que conceptualmente necesitaba el Libertador en defensa de la soberanía, no está en todas las expresiones de las montoneras en la olvidada historia de Venezuela. Aunque el hecho político estuvo subordinado por la realidad social en el marco de la guerra antimantuana que declaró la bovera en la primera mitad de la década de 1810, sin duda fue el poder lo que se disputaba como el botín fáctico que se expresaba en el asesinato, el saqueo, la violación y la tortura. Porque quien logra tomar el poder consigue autonomía, y ésta se conserva como bien que da cancha para crear política desde las claves que se propician en el adentro. La política de las hordas de Boves era de la destrucción, de la pulverización de los cimientos de la casta opresora.

El arrojo completo de la marcha bovera era la muerte, el estrangulamiento de lo entonces existente; la voluntad de Bolívar era la síntesis de esa lucha: crear política, formar sociedades, administrar un nuevo modelo de producción de vida y conocimiento con las ruinas debajo de los pies. Hay quienes ven el papel histórico de las hordas de Boves como un mal innecesario, con el argumento de que el pueblo se traicionaba a sí mismo porque levantaba las banderas de Fernando VII y no apoyaban al mantuanismo, cuando era esta clase la que demandaba y hacía respetar cínicamente, con capacidad de cierta autonomía, los derechos de Fernando VII (así lo declara el acta de independencia de 1810). No se puede negar que la guerra social tuvo mucho que ver con el cambio de rumbo político que inauguró Bolívar luego de su éxodo caribeño.

Las montoneras eran las bases de la sociedad por construir

El testimonio del padre Llamozas, capellán de Boves, afirma que el asturiano había respondido que "Dios está muy alto y el rey tan lejos" cuando le preguntaron por sus responsabilidades con la Corona española. Sus pies estaban plantados en la realidad de la guerra, que es la realidad de la muerte, la realidad del poder. Y por ello el pueblo insurrecto lo siguió. Era el poder de las armas y las armas del poder en manos de la negramenta. Pero sólo las ruinas señalan el paso de todas las dominaciones, como expresara Enrique Bernardo Núñez. Las montoneras de 1814 no eran ejecutores de política nueva, sino degolladores de la vieja.

El Libertador lo entendió y por eso no dejó de trabajar, luego de la independencia, para incrustar la idea de hacer política en toda la sociedad. El negro no sólo usaría la tijera de esquilar para degollar blancos, según la propuesta bolivariana, sino para recoger las pieles de los bueyes y hacer el abrigo ante el frío de las ruinas. Sin dios ni rey de por medio: la turba en sí se necesitaba sólo a sí misma. En este sentido, las montoneras eran las bases de la sociedad por construir.

Civilización o barbarie

El condicionante de las tácticas de guerra de la turba guerrillera era el territorio de la guerra: la inmesidad del llano. Porque las montoneras se organizaban, nunca espontáneamente, en estos territorios, en los que se desperdigaban el arriero, el pastor, el comerciante, el labriego, el artesano, el peón, el indígena. Los esclavos, en sí, de toda la sociedad se encontraban en los caminos del país adentro, nunca en las zonas de la metrópoli, salvo los esclavos domésticos y los necesarios para darles de comer a los flojos con peluquín.

Cuando se habla de la turba viene a la mente hordas de malandros, cuchilleros, asesinos, muertos de hambre, timadores, piratas; los desdentados de entonces son los careculpables de hoy. Una larga lista de la lacra social, cuya culpabilidad de clase está fundamentada desde los libros, la propaganda mediática, incluso en la ideología vociferada de la izquierda. Lumpen vistos por unos; vagos sin conciencia de clase, les llaman otros. Flojos vástagos de la criminalidad.

Campesinos era lo que había mayoritariamente en este territorio. La independencia no contemplaba la emancipación del campesinado -es decir, la redistribución de la tierra-, salvo en las aspiraciones de Bolívar. El destino estaría marcado por la dependencia.

A mediados del siglo XIX, quien mejor describiría la visión de la muchedumbre endemoniada no fue un venezolano sino un argentino: Domingo Faustino Sarmiento, quien escribió en Facundo que el proyecto tenía dos senderos, no más: la barbarie o la civilización. El capitalismo estaba en edad madura, el imperio británico se asumía taller del mundo y este lado del charco se erigía como una mina en beneficio del capital foráneo.

La barbarie estaba caracterizada por las montoneras, determinadas por la cultura del campesino en su quehacer cotidiano y en su forma de lucha guerrillera. Representa la campaña, el atraso frente al desarrollo europeo y norteamericano, el federalismo que descentraliza el poder de la capital oligárquica. La barbarie es incluso precapitalista, no participa en la historia del capital en su modo de acumulación.

Por otro lado la civilización es representada por la alta cultura de biblioteca, por la racionalidad occidental y su expresión en la instrumentalización cientificista, en las ideas iluministas, por el progreso. El tren sería, en su época, el símbolo de la civilización; el caballo, el de la barbarie. Y el caballo respira.

El vacío de poder edificante movilizó a las montoneras por la toma de ese poder

La civilización depende de la manifestación de la barbarie, de que ésta no surja como dato cultural hegemónico. Por eso el desmonte de las montoneras en beneficio de la civilidad del Estado fue el desmonte político que luego del asesinato de Zamora, en Venezuela, fue el desarrollo histórico necesario. La labor histórica de Guzmán Blanco se enmarca en este propósito.

De la turba a la nueva nación

"En los primeros tiempos de la independencia, la lucha de facciones y jefes militares aparece como una consecuencia de la falla de una burguesía orgánica. (…) Para que este orden [el liberal burgués] funcionase más o menos embrionariamente tenía que constituirse una clase capitalista vigorosa. Mientras esa clase se organizaba, el poder estaba a merced de los caudillos unilaterales". Mariátegui así explica la exacerbación de la turba y su movimiento expresado en lucha de clases durante dos centurias. Las guerras agrarias de Zamora se desarrollaron bajo esta dinámica. El vacío de poder edificante movilizó a las montoneras por la toma de ese poder.

Ya durante la dictadura entreguista de Gómez, estas expresiones de la turba y la movilización masiva de pobres enguerrillaos tenían en sus representantes a Pedro Pérez Delgado y Emilio Arévalo Cedeño, últimos caudillos populares del siglo XX. Recordemos que al bisabuelo de Chávez le recordaban por ser "el último hombre a caballo", la última chusma sobre la eterna llanura. Mientras, la burguesía venezolana se erigía debido al impulso foráneo, es decir, se construyó a sí misma coja, dependiente. El campamento cultural minero, la dictadura del petróleo y la expansión del latifundismo: cicatrices abiertas de nuestra historia. Las montoneras fueron desarmadas, el pueblo fue encapsulado en fábricas, barrios, calabozos físicos y de miseria.

La prerrogativa de Simón Rodríguez, en pleno auge de la turba en búsqueda de su propia emancipación, era la de crear pueblos. Esta hazaña sería controlada y hasta olvidada para repetir la misma historia, la de los empresarios de la historia. Las montoneras, en su facción destructiva, ya había cumplido su función hasta la aparición de la industria en el país. Ya no aparecerían, desaparecerían en el imaginario colectivo de la nación. 

Hasta que llegó 1989.

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