La miseria planificada del puntofijismo

Cuando se habla del puntofijismo se suele colar la historia de cierta izquierda degradada por el martirio y la violencia, la guerrilla y la traición. Se trata de mitificar la historia de un sector que, aun con la certeza del terrorismo de Estado contra los focos revolucionarios sublevados, no cargó sobre los hombros la miseria planificada que diseñó el puntofijismo.

Poco se menciona el plan político que se inauguró en las oficinas de la familia Rockefeller, cuya instrumentalización se expresó en la economía. La mayoría de la población, progresivamente insertada en fábricas y barrios desde el llamado trienio adeco (1945-1948), empezó a raspar la olla con la llegada de Rómulo Betancourt a Miraflores.

Cierta unidad de investigación realizó un informe titulado "Pobreza y marginalidad en Venezuela", que no llegó publicarse, para la Oficina de Coordinación y Planificación (Cordiplan) en 1976. El economista canadiense Michel Chossudovsky, quien formó parte de este equipo, editó este estudio en 1977 con el título La miseria en Venezuela.

Allí develó la monografía que se publicó de manera censurada en 1976 en el diario El Nacional. Venezuela, que era en la época el país con más ingresos per cápita de la región, en cuanto en la nutrición, se demostró que más del 70% de la población estaba subalimentada y el 55% de los niños venezolanos sufrían desnutrición, aún cuando la disponibilidad promedio de nutrientes en Venezuela era suficiente como para alimentar adecuadamente a todo el país. Es decir, que mientras 70% de los venezolanos estaba subalimentado, un mínimo sector se encontraba en situación de sobrealimentación. Recuerda a datos actuales de cierto país del norte de América.

Algunos datos de la miseria

Desde 1959, año en que se instaló el puntofijismo en el poder, el Producto Interno Bruto (PIB) real crecía, y con ello todos los sectores de la economía. En 1974, año en que Carlos Andrés Pérez empezó a gobernar junto a Pedro Tinoco como principal operador económico-financiero, el decrecimiento de las industrias minería y petróleo se hizo evidente en la rendición de cuentas que ofrece el libro Bases cualitativas de la economía venezolana 1830-2008, de Asdrúbal Baptista.

Resulta paradójico el dato anterior, debido a que, según el entonces ministro de finanzas Gumersindo Rodríguez, la inversión del Estado a la industria petrolera nada más había sobrepasado lo previsto en el V Plan de la Nación (1976-1980), que para 1981 se había cumplido en un 125%. Inversión que no fue devuelta por el sector privado a la nación.

En lo que se refiere a la actividad económica del petróleo, principal ingreso de divisas del Estado venezolano, desde 1958 empezó a disminuir el número de trabajadores aun cuando la producción subía, lo que no se tradujo en adquisición de tecnología de punta para industrializar el sector (las contratistas hicieron su eterno agosto) sino en la elevación de la jornada laboral del proletariado petrolero.

La Venezuela Saudita se tradujo en la miseria planificada de las mayorías y en la opulencia de una minoría

Al mismo tiempo, el ingreso generado por la economía nacional aumentaba año tras año. Fue desde 1974 que los ingresos factoriales extranjeros netos rayaban en números negativos, es decir, que las contratistas extranjeras debían millones de bolívares al Estado. El saqueo era cada vez más descarado al mismo tiempo que se vendía la torta del progreso a la clase media.

El gasto interno bruto real aumentaba en el consumo privado por encima del público. Incluso en lo que tecnocráticamente le llaman acumulación de inventario, que es el abastecimiento de los comercios a gran y pequeña escala, disminuyó considerablemente desde 1976.

Lo que en la Cuarta se conoció como "gasto social", fue recortado sistemáticamente por el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez para invertir ese capital en las industrias básicas, ratificado por el entonces presidente en la XXXII Asamblea Anual de Fedecámaras.

Si bien la remuneración anual real de un trabajador, entre 1973 y 1978, subía unos pocos millones año tras año, en 1979 comenzó a decrecer hasta el último suspiro de la Cuarta República.

Chossudovsky en el libro mencionado refiere que el 30% de la fuerza de trabajo total disponible se encontraba desempleada o subempleada (tercerizada), mientras que el 67% de los ocupados en actividades no agrícolas percibe una remuneración que no les permitía satisfacer sus necesidades mínimas vitales (alimentación, salud, vivienda, vestuario, etc.). En términos globales, las tres cuartas partes de la fuerza de trabajo total percibía ingresos inferiores a lo que el investigador canadiense llama salario mínimo de subsistencia: "Entendemos por salario mínimo de subsistencia aquel nivel de remuneración que permite a una familia de tamaño promedio, además de cubrir sus gastos no alimenticios, alcanzar un grado de suficiencia alimenticia".

En promedio, el coeficiente Gini fue valorado, entre los años 1962 y 1979 en Venezuela, un promedio de 0,45. Dato que refleja la desigualdad entre clases análogo, actualmente, a países como Perú, Uruguay, EEUU, México, Nigeria, Sudán del Sur, Kenya, la República Democrática del Congo, Mozambique, Lesotho, Suazilandia, Papúa-Nueva Guinea y Malasia.

La Venezuela Saudita se tradujo en la evidente miseria planificada de las mayorías y en la opulencia de una mínima minoría. La expresión del plan puntofijista explotó en 1989, que culminó con la masacre de miles de venezolanos, además de las decenas de fosas comunes encontradas en los años posteriores.

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