El espantosamente trágico 23 de enero

Sobre el día 23 de enero de 1958 dice la historia oficial, debidamente edulcorada y acomodada a los intereses de los encorbatados de todos los tiempos, que fue un "día de júbilo". Casi todo el mundo acepta esa especie de eslogan patrio, al ritmo de cuya resonancia nos suelen anunciar que ese día nació la democracia en Venezuela. A ver qué cosas se pretenden mantener debidamente ocultas.
 
Que esa fecha se fue Pérez Jiménez del país, que esa huida fue la culminación de una insurrección popular paralela a otra militar-partidista; que los partidos al servicio del Estado burgués (a pesar del aire populachero que destilaban AD y URD, fueron instrumentos necesarios de una burguesía nacional en proceso de consolidación) se entronizaron desde entonces en el poder, dándole la respectiva patada por el trasero a los comunistas y traicionando al Pueblo que en ellos confió, es cuento conocido y los historiadores se han encargado de contarlo con pelos y señales.
 
Lo que casi nadie quiere recordar, o tan siquiera creer, es que ese día, ante el llamado por todos los medios de adecos y copeyanos (y más de un comunista encolerizado) en las calles de Caracas y otras ciudades hubo linchamientos, degollados, fusilados y despedazados. A todo lo que oliera a perezjimenismo le salía persecución, captura y muerte a manos de un pueblo que tenía buenas razones para andar rabioso; a todo el que alguna vez se le vio manifestar simpatía por el gobierno del general le cayó encima el rótulo de "esbirro", sin que nadie se parara a distinguir entre el policía o militar torturador y el simple ciudadano con opiniones que alguna vez aplaudió alguna medida de la dictadura.
 
Ese día y los inmediatamente posteriores aquí se asesinó impunemente, en nombre de una presunta República democrática que estaba por nacer.  Pero la historia oficial no nos cuenta eso. Lo que nos “enseñan” los profesores, doctores y sabihondos es que había una cosa sin forma que se agitaba en las calles mientras la Historia la escribían unos señores de uniforme o corbata; los militares por una parte y unos cuantos activistas adecos, copeyanos y comunistas hacían cosas trascendentales, mientras el pueblo le servía de paisaje, telón de fondo y alfombra a unos héroes que ni siquiera estaban aquí cuando estalló el merengue: todos de pie para que hagan entrada triunfal Rafael Caldera y Rómulo Betancourt.
 
No hace falta mucho esfuerzo para precisar que eso que los adecos hicieron con los perezjimenistas no lo hicimos los chavistas con los adecos cuando a éstos les tocó desalojar el control del Estado. Chávez habló de cielos encapotados y de guerra a la oligarquía pero jamás nos dio la orden ni la recomendación ni la sugerencia de ir a masacrar al pueblo adeco ni a sus dirigentes. Que alguno de ellos se haya ganado o se siga ganando una rumba de coñazos no es culpa de Chávez sino de su insistencia en ganarse un puesto en la historia universal de los revolcados.
 
Piense lo que uno piense de la dictadura de Pérez Jiménez y de sus jerarcas y ejecutores más putrefactos, lo cierto es que los victimarios y víctimas de ese dantesco episodio de la historia tienen o tenían un pasado, tenían nombres y apellidos, tenían sus rutinas cotidianas, unos amores, una familia, unas ilusiones, unos planes, unas conquistas y unos fracasos: aquello era gente y tenía una vida. Pero la historia del pueblo siempre ha sido escondida, deformada y borrada por la academia burguesa, así que todavía se seguirá hablando del 23 de enero en términos heroicos y de carnaval. Incluso en esta época de revisión de valores y reformulación de códigos el pueblo sigue desaparecido de la historia. Los demagogos se han cuidado en todas las épocas de atribuirle la caída de la dictadura a “la gesta del bravo pueblo”, pero la historia oficial sigue ensalzando las virtudes del mismo puñado de políticos muertos, presos, exiliados y torturados.

Notas relacionadas