Carnavales cuando la Cuarta: un ensayo de Sacudón

La expresión cimarronera de los carnavales, durante la Cuarta, en los barrios, cerros y zonas marginales a orillas de la ciudad eran una explosión de alegría, desorden, arrecheras acumuladas; una guerra campal y desenfrenada que presagiaba la arrechera de un pueblo disfrazada de conformismo y sumisión.
 
Podría contar sólo lo que eran los carnavales en el barrio donde crecí, en los cerros de Macayapa, Los Frailes de Catia, Montaña de Ávila, todas sembradas de ranchos de zinc, piso e tierra, paredes de tablas y cartonpiedra, que con el tiempo fueron sustituidos por el bloque rojo y cemento.
 
El escenario era Los Frailes de Catia, pero pa la montaña como describí arriba. La geografía accidentada de la zona, entre cerros, lomas y quebradas, hacían de la batalla campal carnavalera que nos sumergíamos por casi tres días y noches de entrompe, rumba y frenteos entre zonas; un verdadero desahogo de la miseria y la represión cotidiana del resto del año.
 
Callejón Venezuela, Loma Fresca, el Cerro Coromoto, El Plan, La Lomita se transformaban por esos días en diferentes "cuarteles", cada uno con su parque particular de tobos de agua, bombas, potes de pinturas, la ración de huevos podridos, harina; todos a la espera de algún acontecimiento que disparara el entrompe colectivo, un todos contra todos que duraba todo el día entre carreras, cerro arriba y cerro abajo. Era una guerra.
 
Y de pronto se disparaba algún acontecimiento que daba la voz de que empezó la gran coñaza. El cerco a una de las mujeres nuestras o compañero de barrio entre aguas y pinturas en manos del bando contrario generalmente era el disparador del entrompe colectivo. "¡Mira, atraparon a Doris!" (esta era mi novia de carajito; dónde andará esa mujer, dios mío. Doris salió una mañana del 27 e febrero del 89 a otro carnaval y nunca regresó).
 
Decenas de salvajes, con las caras y manos embarrutadas de pintura, tobos y latas de agua en mano se disparaban en una carrera desenfrenada cerro abajo, loma arriba, al rescate del botín humano del otro barrio. El choque era brutal, transformándose hasta en trompadas multicolores: no valía arrecharse. El rescate terminaba generalmente atrapando a algunos de ellos, del bando contrario, que llevábamos a nuestro "cuartel" entre aplastadas de huevos en la cabeza y manoseos de pintura para finalizar siendo sumergido en el pozo e pantano y miao que cada uno había abierto en su cuartel barrial particular.
 
Esto disparaba el intento de rescate del barrio contendor y así se repetía la coñaza durante toda el día. El desenfreno de nuestras arrecheras acumuladas pero llena de códigos y juegos del barrio.
 
La guerra de joda y la guerra en serio
 
Traspasar los límites del cerro, generalmente en persecución de algún enemigo o grupo de contrarios hacia las zonas más acomodadas (algo así como el centro), donde estaban los barrios consolidados (pa nosotros en aquel tiempo eran algo así como los niños bien, sifrinos o burgueses aunque eran barrio igual que nosotros), era fatal. Se disparaba a un nuevo actor en la guerra. Uno al que le teníamos bronca de verdad. Los cascos blancos, los azules, los pacos: la terrible PM.
 
Decenas de estos animales nos hacían retroceder a nuestros caminos del cerro (verga, es que parecíamos unos salvajes de verdad) peinillas en mano. Si uno de los nuestros caía no había nada qué hacer. El asunto era no dejarse agarrar por los PM que corrían detrás de nosotros y eran bombardeados por los demás "cuarteles" (allí el entrompe ahora se convertía sólo contra los PM).
 
Comenzaba la guerra verdadera, barrio contra represión. Empezaban los allanamientos. Nos perdíamos montaña arriba por quebradas hasta que los pacos se retiraran. Los veíamos largarse por los caminos generalmente con alguno de los nuestros a rastras. En verdad, que yo recuerde, siempre volvían. Acoñaceaos pero volvían los que eran atrapados.
 
Las taimas
 
Había taimas en esta guerra del pobre. La elección de las reinas de cada cuartel (barrios circundantes) era una de éstas. Cada cual escogía la suya. Luego, en medio de nuestra gran pasarela de ilusiones tomadas de Rctv o Venevisión, armábamos nuestra gran elección de la única reina. Igual terminaba en coñaza porque nunca estábamos de acuerdo.
 
La violencia con que empezábamos el día se convertía en las noches en rumba, salseteo, o más bien merengue que era lo que se escuchaba por aquellos tiempos. Más de una vez tripeábamos a esos que llaman internacionales de la salsa o del merengue ahora, que salieron del barrio, en medio de aquellos carnavales.
 
¿Carrozas, fiestas, disfraces multicolores, gente bien y alegre, alimentada y sonriente, mujeres hermosísimas y reinas de verdad, de colores, con vestidos de plumas con cuello rojo y coronas de oro? Eso sólo lo veíamos en la TV cuando lo repetían, porque durante los días de carnaval nuestro estábamos en guerra. 

Un pequeño Caracazo

El barrio no sabe de dónde viene el carnaval. Que si viene de la iglesia o de Brasil y güebonadas de esas. La historia de esa fiesta es desconocida para nosotros. Era una preparación para la guerra, una locura espontánea. Una guerra sana. Así como jugar policía y ladrón. Era un juego. Y era una vía de escape de la violencia que se vivía en la Cuarta.
 
Esa respuesta del barrio a esa violencia era un irrespeto, un "no te tengo miedo, nosotros nos vamos a la calle", era un desafío porque todo lo que hacíamos estaba prohibido. Desde las casillas nos vigilaban los cascos azules. Un buen ejemplo de esa "arrogancia" del barrio fue que alguna vez hubo un bombazo contra un PM en medio de una discusión. Luego todos los pacos nos perseguían para meternos en la jaula. Pero eso era normal, formaba parte del desafío.
 
Jugar carnaval por aquellos tiempos era un pequeño Caracazo, pensándolo ahora. No había control, o en todo caso el control lo establecíamos nosotros. Y no es que había una organización, sino que entre nosotros sabíamos cómo iba a ser la cosa. Era además algo alegre, de pinga.
 
Esa tradición en el barrio ha bajado burda. No se ha ido perdiendo sino que se ha ido transformando. Esa manifestación violenta no se ha mantenido en el tiempo.

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