Congreso Nacional de la Semilla: desafíos frente al bloqueo económico

La producción de alimentos es sin duda un tema que compete a toda la población venezolana, y por ende la preservación, germinación y multiplicación de las semillas campesinas se convierte en una necesidad nacional. Del 22 al 24 de noviembre esto se pone en la mesa para la discusión colectiva en el I Congreso Nacional de la Semilla, que conllevará a planes de acción.

La producción de alimentos en Venezuela tiene varios desafíos, entre ellos la reproducción constante de semillas campesinas en detrimento de las modificadas genéticamente (transgénicas), ya que son controladas por unas cuantas empresas trasnacionales.

Para 1980, existían a escala mundial más de 7 mil pequeñas empresas que producían semillas. Sin embargo, el monopolio de la producción de alimentos se ha concentrado cada vez más, durante las últimas décadas, en grupos transnacionales, las cuales tienen en sus manos el control de un buen porcentaje de los suministros agrícolas.

Las seis compañías del agro más grandes del mundo son:

  • Monsanto-Bayer
  • DuPont
  • Dow Chemical
  • BASF
  • Syngenta

En lo referido a semillas, Monsanto-Bayer, Syngenta y DuPont controlaban el 55% del mercado mundial de semillas comerciales en 2013. Las últimas investigaciones dan a estos conglomerados la concentración de ese mercado de un 60%.

Las legislaciones en los Estados Unidos y la Unión Europea juegan a favor de ese monopolio. La presión (política, económica y financiera) de compañías como Monsanto-Bayer en la confección de agendas políticas de la Organización Mundial del Comercio, o la creación de lobbies a favor de los transgénicos (ligada al magnate informático Bill Gates), entre otros ejemplos, ilustran otras formas del poder que ejercen las grandes corporaciones.

La investigadora mexicana Silvia Ribeiro afirma que las grandes corporaciones de la semilla presionan para que nuestros países tengan leyes y normativas que les permitan dominar el mercado, aplastar los derechos de los pequeños agricultores e ilegalizar las semillas campesinas, es decir, las que no pasan por la trituradora agroindustrial de las transnacionales sino por los más meticulosos productores de alimentos.

Algunos datos sobre la presión corporativa del agronegocio dan muestra de este monopolio que no aporta beneficio algunas a los países que intentan forjar soberanía alimentaria:

  • En el mundo se cultivan 180 millones de hectáreas con semillas trasngénicas. El 99% de ellas corresponde a maíz, soja, remolacha, colza y algodón.
  • 290 mil agricultores de la India, país con una tradición campesina milenaria, se suicidaron en 2015 por las pérdidas (y deudas) que tuvieron al cultivar semillas transgénicas de Monsanto.
  • En EEUU, el 93% de las cosechas de soja y el 86% de las de maíz proceden de semillas transgénicas.
  • En Argentina, 160 mil familias tuvieron que abandonar sus tierras en la última década porque no podían competir con las semillas transgénicas que comercializa Monsanto.
  • Los transgénicos se cultivan en 18 países con alta y mediana capacidad industrial: EEUU, Canadá, Australia, España, Alemania, Rumania, Bulgaria, Argentina, China, Sudáfrica, México, Indonesia, Brasil, India, Uruguay, Colombia, Honduras y Filipinas.
  • El glifosato ha sido clasificado por primera vez como "probablemente cancerígeno" por la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer (IARC), debido a su utilización en cultivos transgénicos.

Nos encontramos en un momento crítico de la historia, en el que las grandes transnacionales del agro se convierten en instituciones de facto más poderosas que la gran mayoría de los Estados del mundo periférico, dejando en evidencia la impostergabilidad de una discusión a fondo de este problema y su incidencia directa en los terribles indicadores de pobreza mundial reseñados por los principales organismos multilaterales.

En este contexto corporativo, la discusión en torno a la producción de alimentos en Venezuela se torna más que interesante, sobre todo en un contexto de bajos precios petroleros y de sanciones y bloqueos económicos, financieros y comerciales por parte de EEUU. El país todo está obligado a estudiar estos problemas para hallar posibles soluciones a corto, mediano y largo plazo, bajo políticas definidas desde el Estado y los productores de semillas, en este caso particular.

Por ello, la instalación del I Congreso Nacional de la Semilla es de suma importancia nacional.

Producción vs. importación

El petroestado venezolano se consolidó en el siglo XX, entre otras cosas, por el alto flujo de liquidez monetaria producto de la extracción, venta y refinación del crudo extraído del subsuelo nacional. Esto conllevó a inclinarse el país hacia una cultura de importación masiva, en el que la producción local se dejó en los sótanos de la economía y la infraestructura productiva se limitó al ensamblaje y la confección de productos semiterminados.

Esa misma lógica importadora sigue campando en Venezuela. Nada más en 2013, el país gastó 236 millones de dólares en compra de semillas a grandes compañías del agro. Hasta el año 2011 la dependencia de semillas oleaginosas (para la extracción de aceites y la producción de vegetales) llegó al 95,7%, cuyo principal exportador es Canadá, cuyo gobierno últimamente se sumó al oleaje de sanciones de EEUU.

Fue con la llegada de la Revolución Bolivariana que el campesinado venezolano, otrora olvidado y enmiseriado en los campos y barrios de las principales ciudades del país, que se remontó el asunto productivo de los alimentos con amplios planes de germinación de semillas.

Por ejemplo, actualmente en Venezuela se producen 22 variedades de semillas de papa como manera de sutituir importaciones en este rubro.

Asimismo, a finales del año 2016 el Estado invirtió 23 mil millones de bolívares para incrementar la producción de semillas para cereales.

Otro dato importante: el Plan de Producción de Semilla Nacional de maíz plantea producir 28 mil hectáreas para abastecer el mercado nacional en distintos rubros claves para la alimentación.

La soberanía alimentaria, sin embargo, no es trabajo sólo del Estado, cuya capacidad sería prácticamente nula sin el músculo que provee la clase trabajadora del agro venezolana. La coordinación poder estatal y poder popular ilumina el panorama de experiencias y resultados en proceso, en beneficio de la producción de semillas, cosa que se discute y planifica desde el Congreso Nacional de la Semilla.

Mercado de semillas autóctonas, una potencia en ciernes

El mandato de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela dicta que la población tiene derecho a la seguridad alimentaria a través de la agricultura sustentable, esto es, fuera de la lógica corporativa trasnacional y de la importación petroestatal.

No sólo impera el sentido de producción nacional contra el monopolio agroindustrial y la fácil importación de productos, también con relación a la eficiencia de la producción misma. Según estudios internacionales, las semillas transgénicas que están en propiedad de los agroconglomerados rinden aproximadamente un 12% menos que las semillas convencionales no modificadas genéticamente. Este dato ubica a las semillas autóctonas como primera opción a ser tomada en cuenta por todos los actores responsables en torno a este tema.

Venezuela cuenta para su disposición con más de 50 millones de hectáreas con un alto potencial agrícola, sin embargo la población agrícola nacional no pasa del 10% del total.

Sin depender de las importaciones, en los últimos años los pequeños campesinos organizados y medianos productores han producido más de 50 toneladas de semillas para distintos rubros.

Mediante el financiamiento de varios entes del Estado, entre ellos el Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas (INIA), Venezuela hoy produce autónomamente distintas variedades de semillas de pimentón, ají, cebolla, tomate y lechuga.

El INIA, a su vez, tiene una nueva semilla para producir arroz que lanzó hace pocos años, y tiene un rendimiento de 10 toneladas por hectárea, muy por encima de semillas modificadas genéticamente por Monsanto-Bayer, por sólo poner un ejemplo concreto.

Para la mencionada tarea estratégica, surgió una alianza inédita entre el sector público y los variados sectores privados con ganas de contribuir al desarrollo agroalimentario del país.

Uno de los principales acuerdos tácitos es la necesidad de incrementar la producción de semillas, en lo cual trabajan sectores de distinto tamaño, alcance e impacto de manera separada y, asimismo, en conjunto.

La parte interesada en la producción de semillas de la Confederación de Asociaciones de Productores Agropecuarios (Fedeagro) incluso ha mostrado interés en profundizar este mercado. Durante el 40° Consejo Nacional de Economía Productiva, el representante de Fedeagro dijo que "la semilla nacional de soya es de mayor calidad que la importada", y que "no venimos a pedir dólares. Venimos a pedir las condiciones para desarrollar la producción". Un paso adelante en cuanto a los esfuerzos en la materia.

"El Congreso Nacional de la Semilla es una excelente oportunidad para que los productores conozcan la semilla nacional, aclaren sus inquietudes sobre nuestras variedades en cuanto a calidad y el proceso de producción", declaró Juan Pablo Buenaño, presidente del INIA, ente que organiza el mencionado congreso.

El mercado de semillas autóctonas, campesinas y no circulantes en el perímetro de los grandes conglomerados de la agroindustria, tiene un potencial cuyas experiencias y resultados están dando de qué hablar.

Semillas, ciencia, tecnología e independencia

En paralelo a los trabajos mancomunados entre los sectores público y privado, el INIA ha venido impartiendo a las comunidades organizadas para la producción agrícola una serie de cursos de formación, recursos e implementación en el marco del Plan Nacional de Semillas.

Sin embargo, el apoyo y la prestación de servicios, así como la disposición de la amplia gama de laboratorios, científicos y jornadas de formación, no se limita a los sectores que trabajan ligados al Estado venezolano, sea en términos de corporaciones públicas agrícolas o en formato de comunidades organizadas.

  • Con la contribución de más de 30 agricultores cooperadores, el INIA alcanzó una superficie de siembra de 337 hectáreas de algodón para la producción de semilla certificada.
  • El INIA posee una capacidad operativa de ocho laboratorios con una oferta de servicios altamente especializada para atender a productores de semilla y alimentos públicos y privados.
  • El Plan Nacional de Semilla dirigido por el INIA plantea producir 15 millones de kilos de semilla, con el fin de atender las necesidades de productores de alimentos privados, públicos y comunitarios.
  • Las semillas maíz amarillo INIA-7, maíz blanco Turén-2000, Soberana-FL y Venezuela-21, producidas por el INIA, unen esfuerzos junto al sector privado y el poder popular para desligar el aparato productivo nacional de las importaciones.

Para el sector público y privado, compuesto por pequeños, medianos y grandes productores, la orientación y apoyo del INIA va más allá de la cooperación en términos de recursos y mejoramiento de las semillas para alcanzar mayores rendimientos. Se ha alcanzado un nivel de trabajo conjunto, de apertura al diálogo productivo y comprometido con la soberanía, que permite ampliar los esfuerzos y alcances de gran meta del futuro: producir nuestros alimentos en Venezuela, con alta eficiencia científica y técnica, sostenibilidad económica y crecimiento de la oferta alimentaria a largo plazo.

En un momento bastante complicado no sólo para Venezuela sino en todo el mundo, la producción de alimentos pasa por la germinación de una cultura alimentaria distinta a la lógica corporativa e importadora que la población en general padece.

La alimentación comprendida como mercancía y músculo mercantil de la compra-venta sólo lleva a la esclavitud de las corporaciones del agro y a una dinámica social que no valora la tierra natal y sus frutos; esto en varios sentidos; práctico pero también simbólico, histórico y cultural.

El esfuerzo en la producción de semillas no sólo conlleva una perspectiva netamente productiva, de consumo, sino de germinación raigal de una cultura agraria eminentemente independiente. Todos los bríos desde la ciencia y la tecnología, en conjunción con la sabiduría ancestral de la clase campesina venezolana, deben apuntar a esa producción holística de la alimentación.

De ahí la importancia de este I Congreso Nacional de la Semilla, donde la médula de estas discusiones está sobre la mesa. Es una oportunidad única y estratégica para generar una política venezolana en la producción de semillas. No es cualquier cosa, y debe valorarse agraria y socialmente desde esa perspectiva.

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