Un año del ciclo con Maduro, y con nosotros mismos

Nuestra alma está por demás saturada

del sarcasmo de los satisfechos...

Salmo 123

A mí no me vendrá a joder ni el Frepur, ni la ñangarología condenatoria de los aporreólogos, ni Cesar Miguel Rondón jartando cachitos en Las Mercedes diciendo que este no fue, y sigue siendo, uno de los años más duros en nuestras vidas, quienes nos asumimos ahora aquí, del lado de Maduro, del lado de la herencia, como dirían en México: del lado de la raza. Esta vaina la pienso en criollo, en ningún momento me ha hecho falta la señorona nomenclatura de los entendidos, de los discurseros de orgullosa metodología, del vaporón dialéctico, para saber que este sacudón sostenido al que hoy llegamos casi intactos a conmemorar la victoria electoral del pueblo con Maduro, el primero que se cumple del ciclo juntos, del ciclo del nosotros mismos somos, tras la siembra. 

Porque sí, con el dolor y el vacío, sí, con el susto prensado, sí, viéndole el peor rostro a lo peor de este país pavoneándose muertamente, para mí la ausencia directa e inmediata del Coman fue, y ha sido, una ausencia movilizadora. El machetazo que le quitó la mano al brazo de la historia no permitió terminar de aturdir por eso: por lo que yo ahora cargo conmigo, por todo lo aprendido (y que Chávez enseñó), por lo que nosotros cargamos una vez mandadas a la mierda las pasiones tristes y las insoportables seguridades de aquellos que con la exclusiva de las ideas a priori, se les descuadró el debe y haber en cuánto a qué tienen y qué deben frente a la historia. Si Maduro llegó hasta acá sin querer ser presidente pero asumiendo el mandato, es porque yo (nosotros) también llegué hasta acá, con Maduro, con el gobierno, y no por las preclaridades por izquierda y derecha.

Esa suerte de horror al vacío que se vivió desde el 5 de marzo al 14 de abril, y el cúmulo de consecuencias históricas sobre el terreno, nos superó a todos. Se enchoretó una brújula que asumimos con una estabilidad y una seguridad pasmosa, y ahí se vertebró otro enemigo: las satisfactorias inseguridades, el tener que pensar dónde estamos siendo poder, o acompañando al poder que llegó a ser gobierno y a ser Estado; esa vaina que algunos pensaban sin querer queriendo: que la batalla sería impecable, que clasificaríamos para el mundial de las revoluciones triunfantes creyendo que así fueron las del pasado: sin ruidos, sin imperfecciones, sin dificultades nada espectaculares y bien ladillas, sucias.

La única certeza es que las certezas convencionalmente acumuladas se acabaron. Mejor pecar de poeta que de experto: se acabaron los ciclos de movilizaciones ultramasivas y comenzó el de seguir reinventándonos gobernando chavistamente: estabilidad y tiempo para la reinvención, para vivir las contradicciones con el cuerpo y con el Coman en el alma.

Si con Chávez aprendimos lo que es estar en revolución, en este momento venimos aprendiendo lo que es gobernar y ser gobernados, gestión mediante, con el revuelo que antes estaba en una persona trasladado a la rutina afuera, en el diario, con sus coñazos, sus sabotajes, sus desniveles, con sus contradicciones, con sus logros indiscutibles, pero con el dato concreto, además del vértigo de los logros insuficientemente bien narrados (sufran, fatalistas), se siente el peso de cada quien en este trance del presente que mañana llamaremos historia.

Del "Descargar la arrechera" a "La Salida", guerra económica mediante, pasando por los ya infinitos intentos de golpe moral y guerra (psíquicamente) sucia, se lee con mayor claridad el texto subyascente de la muerte privatizada y privatizadora, se lee que ha sido quejodemente tanto lo que hemos resistido y aguantado, sin que por eso nuestra versión actualizada de la Batalla de Santa Inés sea más un asunto de conciencia que de tiros; que lo han intentado hasta con el tobo y todavía no han podido.

En este escenario se escucha clarito el balbuceo de la muerte, pero también y en otro lado, el de las ideas muertas, del peine pisado, del principismo abstracto que hace que algunos se lamenten porque la Revolución Bolivariana no cuadra en su prueba de revolucionometría. Toby Valderrama en un año pasó de ser el intelectual-portavoz que arengaba desde el tractor estalinista y precámbrico a la muerte veterinaria, como signo más claro y expuesto de ese pensamiento que asume extorsivamente la memoria inmediata y el legado del Comandante.

Nadie va a secuestrar en su intento de exclusiva mi derecho a criticar lo que tenga que criticar, como si el llantén me liberara de la responsabilidad sobre lo que acuse, condene o afirme (fuck you Heinz Dietrich). Lo dijo Augusto Mijares: "Si de nuestra historia no sacamos ninguna lección dinámica, no hay por qué suponer que la encontraremos en otra parte”. No me hacen falta muletas para pensar chavistamente.  

Pero hoy no se habla de eso y volvemos al principio: el país cumple un año del inicio del nuevo ciclo chavista y revolucionario. Hemos llegado hasta acá, y esto se debe a la voluntad política desde el poder del Estado y desde la calle. Que cada quien lo mida por donde pueda si es que de verdad lo quiere hacer. Cumplimos un año siguiendo gobernando, existiendo, tropezando: pero aquí seguimos. Arréchese quien se arreche: yo sí tengo que jode que celebrar hoy. Viva Chávez, viva Maduro, viva nosotros mismos.

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