Posibles escenarios del proceso de paz en Colombia

El proceso de paz en Colombia entra en una senda de complejidades, de posiciones encontradas y de negociaciones de fuerza, tanto para las fracciones de la élite colombiana como para las FARC. Nuevamente parece ingresar al mismo callejón sin salida de procesos anteriores.

Hay dos formas de entender la derrota del SÍ en el plebiscito:

  • En una se puede partir de la disyuntiva entre guerra y paz que ha habido a lo interno de la élite colombiana a través de de su historia, que termina de conformar un Estado sumando (o subordinando) a los grupos armados declarados en rebeldía contra él.
  • En otra se puede adherir el hecho de que la fórmula que ha perdurado por muchos años es la del Frente Nacional de 1958, un pacto de alternancia y división de poderes entre los partidos Liberal y Conservador. Este pacto terminó por darle cuerpo a la élite colombiana que, entrando a la década del 2000, supo lidiar y amalgamar a todos los grupos armados, excepto a las FARC y al ELN.

Es importante partir de esta base. De la disyuntiva entre la guerra y la paz por parte de sectores de la oligarquía colombiana para expandir el Estado. Porque el proceso de paz sucede por un empate histórico entre las FARC y estos actores de poder (conocidos como el Establecimiento), de acuerdo al historiador del conflicto Alfredo Molano, pero que a su vez choca de frente con una élite emergente que nació y se desarrolló al calor de la guerra.

Hablamos de esa élite que expresa a los latifundistas conservadores, que tradicionalmente tenían grupos armados para defender sus tierras y terminaron en los 80 por volcarse hacia el narcotráfico y la toma sangrienta de territorios de las FARC bajo la figura del paramilitarismo y un complejo entramado que el Estado utilizó para hacer su trabajo sucio.

Decimos esto porque el triunfo del NO difícilmente pueda ser entendido sin comprender que Álvaro Uribe Vélez expresa a estos sectores, descontentos con los términos del acuerdo y proclives a la solución militar. Santos representa los intereses más asociados al pacto antes mencionado que, siguiendo a Molano, "ya no les sirve la guerra para atraer inversiones" en una era en la que Colombia ingresa de lleno al Estado global. A este país se le impone la necesidad de explotar y mercantilizar los territorios en los que se encuentran las FARC para integrarse a los tratados de libre comercio.

La crisis dentro de la elite colombiana se manifestó en la victoria del NO

Las consecuencias posteriores: ¿renegociación o guerra?

La comparación odiosa con el Brexit, que califica la decisión soberana de estos tiempos como "loca" e ignorante, esconde el pesado significado de la crisis dentro de las élites locales (y globales) para conducir pactos y acuerdos, en un mundo en el que se redibujan los límites y las esferas de influencia con acompañamientos electorales que distan de darle legitimidad a las decisiones en las que se miden sus planes.

El plan de la élite colombiana para profundizar su inserción al mundo, denominado Acuerdo de Paz de La Habana, hoy se encuentra en "una zona gris, en una especie de limbo que es riesgoso y puede echar al traste todo el proceso", en palabras del presidente Santos, y en una mentada renegociación en la que Uribe alterna entre pedir su reelaboración y la aplicación de medidas, como la amnistía a guerrilleros rasos y el alivio judicial a agentes públicos, ya contemplados en lo pactado, para presentarlas como propias.

Las dos piedras de tranca que se plantean son las del complejo sistema de la Jurisdicción Especial de la Paz, en el que se jerarquiza la reparación a las víctimas y la verdad sobre la punibilidad para todos los actores del conflicto. Calificado como promotor de la impunidad, representa un punto en disputa porque levantaría el velo sobre complicidades y convivencias de los actores del conflicto, si se entiende que 50% de las víctimas son responsabilidad del paramilitarismo, 25% del Estado y 15% de la guerrilla, según la Unidad de Víctimas del gobierno colombiano.

Sumado a este cuestionamiento, estrechamente relacionado a la participación política de los indultados y amnistiados por delitos conexos a la rebelión, reconocida en los acuerdos, se encuentra la titulación de 10 millones de tierras, 7 que son por directo despojo y un sistema de tenencia en el que 13% de propietarios tiene 77% de las tierras. Lo que explica el obvio interés por boicotear este punto de acuerdo y todo lo relacionado a permitir el ascenso de cualquier fuerza política que lo ponga en duda con representaciones especiales en el congreso.

En medio de estos puntos, repleto de zonas grises y puntos intermedios para la negociación, sobrevuelan varios posibles escenarios para enrumbar o hacer fracasar las negociaciones:

  • Uno es que el gobierno de Santos se deje marcar la iniciativa de Uribe y éste imponga puntos difíciles de ser aceptados por las FARC para descarrilar el proceso.
  • Otro es que se alcance un acuerdo entre Uribe y Santos y se impongan estos términos mediante presión a las FARC, después de resistir 52 años, con el único aderezo de que el acuerdo sería cumplido por todos los actores. Alternativa que parece bastante improbable.
  • El último es que Santos se reúna por separado con los partidarios del NO, tal como lo está haciendo, para modificar la letra en zonas grises que maquillen los acuerdos con el fin de volverlos a presentar en un plebiscito. De esta manera aislaría a Uribe de sus aliados y una eventual victoria del SÍ lo dejaría como el único enemigo de la paz, quitándole, además, el capital político ganado con la victoria del NO. En cambio, una eventual derrota del plebiscito enterraría los acuerdos y dañaría aún más la gobernabilidad de Santos.
  • Si no ocurriese ninguno de estos escenarios y se trancase el juego, existe la posibilidad de que la Corte Constitucional de Colombia acepte el pedido del partido de Santos de repetir el plebiscito por haberse vulnerado el derecho a votar a 2 millones de personas de la Costa debido al paso del huracán Matthew.

Por si las dudas, y en medio de un juego de presiones mutuas para no pagar los costos de un eventual descarrilamiento del proceso, es que Santos pone los muertos sobre la mesa con el anuncio del fin del cese al fuego bilateral para el 31 de octubre.

Sobre las FARC recaen, sin justicia, los fracasos de los procesos de paz

Las FARC entre la política, la traición y el desarme

Se da la paradoja de que las FARC afrontan este proceso de paz sin que la disyuntiva entre guerra y paz en el Establecimiento colombiano esté exterminándolos, como ocurrió en los 80 con los diálogos de la Uribe y el genocidio de la Unión Patriótica, ni preparando una gran ofensiva en su contra tal como sucedió con las modernizaciones de las fuerzas armadas colombianas y el fortalecimiento del paramilitarismo con el Plan Colombia durante los diálogos de El Caguán de 2002.

Ambas experiencias, aunque sucedidas en contextos diferentes en la que una parte importante de los militares y el Establecimiento no respaldaban los diálogos, son ejemplos claros de los peligros que rondan alrededor del proceso de paz de La Habana, con unas FARC a punto de desmovilizarse, porque ponen sobre la mesa las frecuentes crisis que en la historia han tenido los presidentes de Colombia a la hora de garantizar el cumplimiento de los acuerdos cuando aparecen los famosos "enemigos de la paz".

Esta vez la contradicción radica entre hacer política en medio de esta fisura en la élite colombiana para ganar credibilidad ante la opinión pública colombiana y lidiar con una posible puñalada trapera que se esté macerando desde los fortalecidos "enemigos de la paz" para volver a iniciar la guerra, descarrilando un proceso de paz que, también paradójicamente, es existencial para el Estado colombiano y los intereses económicos que presionan detrás.

Sin embargo, el posible descarrilamiento del proceso nuevamente pone enfrente la lección de los diálogos de El Cagúan, en la que todas las partes violaron flagrantemente los términos de la negociación y en las FARC recayó las responsabilidades sobre el fracaso de este proceso de paz, dañando considerablemente su imagen y dando inicio a una brutal campaña de propaganda que destruyó su credibilidad ante la sociedad urbana de Colombia y la fácilmente manipulable "comunidad internacional".

Las FARC caminan en ese peligroso borde de tener que hablar suavemente y hacer respetar sus términos para no pagar tantos platos rotos de la crisis política. Con un espejo que les devuelve la imagen nombrada por Simón Trinidad: "Nunca dejar las armas y nunca olvidar el exterminio de la Unión Patriótica".

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