Notas sobre la fuerza, el carácter y la audacia tumbagobiernos

Mucha gente que cree que tener carácter es lo mismo que tener MAL carácter. Es más o menos la misma gente que cree que la valentía reside en las bolas.

Como el ejercicio personal del poder tiene entre sus instrumentos notorios eso que los militares llaman don de mando o voz de mando, entonces algunos creen que salir a pegar gritos y escupir groserías, señalarse el machete en la televisión y decir cosas altisonantes por twitter es suficiente para hacer temblar al adversario y levantarle la moral a su gente. Y en efecto, hay gente que se siente intimidada o exaltada, según el caso, cuando alguien ejecuta en público algunas de estas maromas más bizarras que bizarras (segunda y primera acepciones, respectivamente).

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El problema es que eso del carácter sólo se le da bien a quien DE VERDAD tiene carácter, no al que viene un día a disfrazarse de violento y de malote y entonces comienza a pegar gritos con la esperanza de parecer duro, recio y valiente. Pero nada más triste que un gritón que se asusta de sus propios gritos. El que sale a parecer un toro y su imagen no supera la fase de becerro, ya perdió la pelea. Amenazas con movilizar a una multitud hacia Miraflores; 24 horas después dices: "yo lo que dije fue...". Tas raspao.

Ha querido el azar que un ala del antichavismo haya decidido, otra vez, salir a jugar con la enorme potencia del pueblo con la esperanza de que éste se deje embaucar por los disfrazados de líderes, el mismo día del natalicio de un señor de enorme coraje, carácter y reciedumbre. José Gregorio Hernández, ese gocho aparentemente manso y despalomao, se convirtió en ícono de esta cultura caribeña, arrecha y propensa a dejarse liderar por héroes de encendida pasión verbal y valentía física, sin necesidad de darle ni amenazar con un coñazo a nadie nunca.

Una cosa es la furia, la velocidad es otra, la índole sanguinaria otra más, y el carácter es otra cosa, muy otra, más emparentada con la fuerza y la pasión que con las lenguaradas y los mordiscos. La agitación corporal a veces denota ardor, coraje y auténtico valor físico y ciudadano, pero a veces también se trata de mal del páramo o de un ataque epiléptico. No confundir.

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Y miren que hubo episodios como para permitirnos unos autogoles. El recio genuino que era Chávez no escatimó rudeza ni alaridos y la gente lo percibió poderoso y conductor, pero le fue mucho mejor cuando dosificaba esos desbordes. El "Huele a azufre", aunque contundente, fue dicho en una sólida serenidad y esto le garantizó la entrada a la historia mundial de las declaraciones inolvidables. En cambio, durante aquel cierre de campaña en Maracaibo, en el que insultó, vejó y carajeó sin misericordia a su adversario Manuel Rosales (un pobre hombre que, de paso, nunca se ha merecido más que un empujoncito y una bolsa de caramelos para que se retire a su cuarto) logró ganar las elecciones nacionales pero perdió en el Zulia. Huracanarse a veces es sentenciarse a perder toda la energía cuando se pisa tierra.

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Pueblo con carácter fue aquel demoledor de 1989

Cuando un grupo, corriente o sociedad entiende y acepta estas verdades y logra dar con la clave que finalmente enciende y modifica el rumbo de la historia (el líder con carácter, conectado emocional e intelectualmente con el dueño de la fuerza destructiva y al mismo tiempo constructora que es el pueblo) entonces ocurren las revoluciones, los saltos dramáticos, los desenlaces insólitos. Pero cuando la fuerza y la perversidad sustituyen al genio e intentan dar grandes saltos a lo máximo que llega es a producir escaramuzas y tragedias inútiles.

Tal vez haya en el antichavismo algún líder con carácter y probablemente un día salga de su localidad para mostrarse ante el país, pero los bobos irresponsables que han secuestrado para sí la tarea de liderazgo no lograrán ni tumbar al Gobierno ni movilizar las rabias del pueblo hacia el objetivo que se han (o les han) trazado, que es el derrocamiento de un gobierno popular y su sustitución por un aquelarre empresarial.

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A falta de carácter y de inteligencia creadora, el antichavismo ha acudido una que otra vez a algunas jugadas de impacto, casi todas mediáticas, en las que han abundado los efectos especiales y cierta novelería épica. Leopoldo López, por ejemplo, se dejó meter preso con la esperanza de que el pueblo lo echara de menos y en dos semanas se fuera en masa a sacarlo de la cárcel, de tanta falta que le hacía, y ya ustedes ven.

En diciembre de 2002, recién empezado el paro petrolero, Teodoro Petkoff se fue de canal en canal y de emisora en emisora a emplazar a Chávez de la siguiente manera: "Si no renuncias en las próximas horas va a estallar una guerra civil, esta sociedad está casi en el punto de ebullición". El país no estalló y el ánimo de Hugo Chávez tampoco. De esa índole es el nuevo episodio en el que las concentraciones y fotografías aéreas asumirán el protagonismo. Habrá mucha gente en la calle, mucha, Capriles dirá que todo el que camine hoy por la calle es caprilista y está acatando su llamado a la desobediencia y blablablá, pero "Yo no dije que íbamos a ir a Miraflores, yo lo que dije fue que...".

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El pueblo venezolano, fiel a su tradición histórica de búsqueda de la democracia real, que es la que se construye en las calles y no la que dictan y escriben los señores juristas en sus oficinas, estalló el 27 de febrero de 1989 en una rabia secular, pero dejó el instinto homicida en la casa. Se ha dicho muchas veces, pero hay que repetirlo: aquello sí fue desobediencia, y su objetivo no era el exterminio o linchamiento de personas. El pueblo destruyó propiedades pero no liquidó masivamente a propietarios. Y eso, en condiciones de hambre y desesperación, se llama CARÁCTER.

Hoy el antichavismo llama en público a desobedecer pacíficamente mientras en lo oculto de sus agendas se moviliza el factor mercenario que liquida y asesina selectivamente. Se anuncia una cosa en público y se planifica otra a la sombra. Esa mierda no sé cómo se llama. Pero con semejante falta de carácter es poco menos que imposible la conquista del objetivo expreso, que es la conquista del poder.

Algún día el Gobierno Bolivariano cesará en funciones. Pero esto no ocurrirá debido a la genialidad ni a la entereza de su escuálido adversario, ni mucho menos a partir de una convocatoria a marchar para mostrar cartelitos e insultar policías, ni tampoco a matar y a destruir. El Gobierno Bolivariano permanecerá en el poder y seguirá construyendo el proyecto chavista de redención del pueblo, hasta que al pueblo le dé la gana de autosabotearse. A ver qué dice la Historia sobre esto.

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