No somos tierra de osos polares

Andamos por las alturas merideñas, con temperaturas que nos recuerdan a la Mérida de los 80. Entre 16 y 18 grados, incluso a pleno mediodía, de lluvias y de montañas emblanquecidas, y como siempre hemos aprovechado para disfrutar de esta ciudad que tanto queremos, que la vivimos en nuestros mejores años, es decir, como estudiantes, y que se nos quedó por siempre metida en el alma. Nos agarró una afección de salud y qué mejor lugar que este para pasarla en medio de recuerdos, de conversas y charlas con los amigos de siempre.

En los próximos días estaremos de nuevo en el combate diario por construir esa misma sociedad que en los 80 soñamos y que hoy, a pesar de las dificultades, estamos más comprometidos que nunca de dejarnos la vida para lograr junto al pueblo vencer esta coyuntura trascendental para el futuro de la patria. No es mero discurso, todo eso por lo que muchos hemos peleado siempre, y que logró un desarrollo e importantes avances con el Comandante Chávez, indudablemente está en peligro y las fuerzas del mal se han confabulado para intentar convencer a muchos de nuestros compatriotas que efectivamente todo se acabó.

Es lo que intentan con mucha insistencia y con toda una campaña bien diseñada para tal fin, lograr inocular a todo el que consiguen desprevenido, sin claridad suficiente para hacerle frente a un virus que busca expandirse y que consigue en muchos espacios el medio perfecto para su inoculación con extrema facilidad. Y es que si de algo debemos estar claros es que las colas que son frecuentes en bancos, panaderías, farmacias, mercados de cualquier tipo, oficinas públicas e incluso en lugares donde no habría razón alguna para que la misma existiera, es una realidad que se vive con mucha fuerza y donde las defensas de nuestra gente a veces sucumben, y es deber de todos levantarlas para seguir en esta pelea que es por la vida misma.

El enemigo nos ha atacado de manera inclemente. Duele ver en nuestra Mérida, otrora ciudad de lucha y combate por las mejores causas, a cientos de vehículos con la huella del oso estampada con mucha calidad en vidrios de carros particulares, taxistas, camionetas de transporte, en fin, son las huellas de un oso que no siendo las del frontino, genuino habitante de estos parajes andinos, son una muestra inequívoca de cómo los antivalores carcomen y se meten en los tuétanos de la gente hasta convertirse en lo tangible, real y aceptado como lo bueno. No somos tierra de osos polares, pero han logrando sistemáticamente un medio que sirva perfectamente para su hábitat, aun con altas temperaturas.

Es el momento de la palabra, de la verdadera política, sin prepotencia ni dogmas

No pretendemos que el pueblo de a pie, o incluso el que anda con esa huella en la espalda como apuntándolo desde un vidrio de manera permanente, decir que no hay razones para la crítica dura, "la queja" como decimos en el lenguaje cotidiano, sea parte de nuestra conversa diaria por la dificultad en la consecución de algunos productos alimenticios, medicamentos, repuestos, insumos varios, y pare usted de contar. También pasamos nosotros como cualquier venezolano por estas dificultades de no conseguir las cosas. Pero, carajo, eso no puede llevarnos al límite de asumir como un símbolo nacional a quienes por años se han aprovechado de la renta petrolera que es, ahora sí, de todos los venezolanos y juegan maquiavélicamente al juego perverso del desabastecimiento para tumbar un gobierno. Las vainas hay que decirlas como son. Ese es el juego del oso que nunca falta, pero todo lo demás que produce escasea y, aún así, un importante número de compatriotas lo asumen como símbolo y ejemplo para un país próspero y de oportunidades. Con qué facilidad a veces olvidamos las cosas que pasaban en esta misma Mérida pero de los 80 y 90, así como en el resto de nuestro país.

Muchos olvidan por ejemplo quiénes podían ingresar a esta universidad y algunos que logramos colearnos. Lo hicimos luego de un duro proceso de lucha en los llamados comités sin cupo. De esa cola nadie se acuerda, y en ella quedaban las esperanzas de muchachos y muchachas venezolanas que no tuvieron posibilidad alguna de ingreso a esta y otras universidades llamadas nacionales. Era la cola de la desesperanza y frustración de un país diseñado para muy pocos. Por cierto, eran inducidas también esas colas como ahora, pero como política de Estado que regulaba y decidía quién se formaba o no en este país.

No podemos hacernos presa de la desesperanza y también hacer parte de nuestro imaginario de que todo se acabó, que no hay solución a los problemas y que la única opción es el derrocamiento por cualquier vía del gobierno que preside el compañero Nicolás. Este país no se va a acabar, no somos los primeros en vivir una etapa de mucha dificultad, y no seremos tampoco los primeros en dar la pelea por lo que hoy como patria tenemos en nuestras manos y debemos defender. Tampoco debemos quedarnos sólo en las consignas, en lo vacuo, sin sentido y defender sin argumentos a trocha y mocha las cosas. Es el momento de la palabra, de la verdadera política, sin prepotencia ni dogmas, para que con entrega y compromiso podamos paulatinamente ir saliendo de la crisis que nos afecta.

No hay solución automática que no pase en una primera fase por resistir, para luego recomponer lo que como modelo es atacado sin apenas haber tenido la oportunidad de materializarse.

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