Mientras tanto, en el barrio

En la asamblea, unas 50 personas, hombres, mujeres y jóvenes, todos voceros de su comunidad escuchan atentamente a Fidelia, vecina de unos 50 años que expone apasionadamente su propuesta ante las diferentes vocerías comunales.

—Más allá de que nos concentremos en los problemas cotidianos de nuestro barrio, hay un punto que es de suma urgencia que toquemos aquí hoy, y tiene que ver con lo que nos ha estado avisando el camarada Maduro, lo mismo que nos advirtió nuestro presidente Chávez por más de 15 años —Fidelia, caucagüeña y recia al hablar, capta la atención de la asamblea, reunida en una de las placitas del barrio, al aire libre, como son casi todas estas reuniones comunales en los sectores populares del oeste de Caracas—: Y es la conspiración que está en marcha. Lo que hemos estado viviendo todos estos días desde el mes de febrero con las guarimbas, trancas, asesinatos y quemas de servicios públicos.

—Querrás decir desde que Chávez nos abrió los ojos —interrumpe Carlos, limpiando sus lentes con la camisa roja—, esto viene de muy atrás, desde el mismo comienzo de la Revolución ellos han querido acabar con ella.

—Eso es cierto camarada, pero hay un punto en especial que yo quiero tratar. Y es que ya es imposible que nosotros que somos gobierno nos sigamos activando solo en momentos coyunturales cuando ellos están montaos permanentemente en su conspiradera e intentos de golpe. Cada vez que el peo revienta es que nosotros, consejos comunales, comunas, colectivos, organizaciones populares, vecinos, nos ponemos pilas y nos damos cuenta de la verdad con que nos hablaba el Comandante.

—Eso es verdad, esos coños como que no descansan —levanta la voz Tibisay desde atrás del grupo.

—Exacto, así es, negra —continúa Fidelia—; y entonces a nosotros nos toca no descansar tampoco.

—Pero, ¿cuál es la propuesta, Fide? —vuelve a interrumpir Tibisay, adelantándose al grupo— que más allá de lo que hemos hecho, lo que hacemos y podemos hacer, porque yo estoy dispuesta a restearme con este peo, siempre lo he estado al igual que mi familia, yo estoy clara, como de seguro lo estamos todos aquí.

Yo escuchaba la conversación y el toma y dame de la asamblea del barrio, maravillado, pensando en 50 mil consejos comunales y más de 600 comunas, miles de colectivos y organizaciones populares por todo el país en donde a lo mejor se estarían discutiendo puntos como estos a la misma vez.

—Bueno, tampoco hemos estado soñándola —interviene Enrique, moto taxista— nosotros hemos entrompado como tres intentos de guarimbear en la zona. No los hemos dejado; hace quince días no más los corrimos a patadas del Gato Negro.

—La propuesta es, camaradas, que nos avoquemos a una organización más profunda con relación a este tema en el barrio. Por ejemplo, ojalá diosito no lo permita, pero, ¿sabemos nosotros con cuántas enfermeras contamos en el barrio a la hora de un conflicto? El comportamiento de los mercados y abastos en nuestra zona, ¿cómo es?, ¿están sumados a la conspiración? Las clínicas populares, los ambulatorios y farmacias, ¿cómo es nuestra relación con ellos?, ¿conocemos y tenemos comunicación con las demás organizaciones que están en los límites de nuestra perimetral? Nada más por los cuatros lados tenemos al 23 de Enero, Los Frailes, Lídice, los barrios de la avenida Sucre. Yo pienso que tenemos que dar esta conversa más allá de nuestro propio Consejo Comunal.

A medida que iba escuchando a esta negra me preguntaba, me cuestionaba, ¿cómo coño es que no quise venir a estas reuniones antes? Si aquí es donde está la verdadera defensa de este peo.

—Podemos repartir las tareas, Fidelia —alza la voz de nuevo Tibisay— por ejemplo, el Comité de Salud podría hacer los enlaces con los ambulatorios, el censo de enfermeras, las visitas a las clínicas populares...

—Sí, podemos preparar un folleto informativo sobre tu planteamiento —contesta Carlos— sin meter miedo, claro, pero que les informe y anime a crear una relación más cercana con la comunidad a la hora del peo.

—Nosotros conocemos bastantes camaradas que están organizados en todas esas zonas que nombraste —replica Enrique el moto taxista—, podemos hacer la segunda con ellos.

Aquel ejército popular me dejaba boquiabierto. Amas de casa, motorizados, plomeros, herreros, electricistas, choferes de camionetas, buhoneras, algunos jubilados y otros simplemente obreros. Hasta el frutero y el zapatero de la esquina asentían y se unían a las ideas y aportar las suyas.

No sé por qué, pero me vinieron a la mente, escuchando a aquellos hombres y mujeres del barrio, las palabras de Maduro: “Saldrían como hormigas y se los tragarían como pasó en Vietnam, como millones de hormigas nos los tragaríamos; y no solo aquí, en toda América Latina”.

 

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