La épica nuestra entre Chávez y Maduro

Una pluralidad de abecés, expuestos como las Sagradas Escrituras, que en el mundo capitalista de hoy, tan refinado en su afán de ocultar la crisis que lo corroe o a veces lo hace implosionar creyendo que la Madre Tierra siempre guarda un rinconcito para la copa y la campana y otras reliquias del Viejo Mundo, tan ajeno a la "sonrisa alegre" que celebraba Flaubert para no hablar de lo sacro, y que con arte y con magia hace que el esplendor de lo cosmopolita aún perviva pese a la exhalación del añejo aliento de la Duquesa de Alba, las borracheras de Bush, la dentadura pepsodent de Obama y las caídas del Rey Juan Carlos.

Y cuando todo lo mediático comienza a maquillar sin condimento alguno ese tufo vulgar de la decadencia de los iconos occidentales propiamente dichos; ese surtido, ese pletórico paquete del neoliberalismo, que conmueve aún a los de arriba, que no es literatura al estilo Corín Tellado sino basura mediática, mierda monárquica y por lo tanto fútil; por dejadez e inercia siempre deja colar la existencia de un parto de la historia que, como decía a veces Alfredo Maneiro, es invisible y se vuelve sonoro gracias al arte y a la literatura y a la acción política de las incontenibles mayorías, la esperanza, tenue a veces, escandalosamente natural otras, de los zarrapastrosos que convierten las sombras de las épicas clásicas en sismos crujientes, abismales, frente a la mala costumbre de quienes creen que el destino humano no es de nadie sino de ellos y sus armamentos y por eso está a la intemperie.

Las masas, el pueblo, tejen su épica y dejan un rastro de sangre sobre el suelo, es cierto. E inevitable, como nos ocurrió en 1989 y 1992, cuando el espejismo estético, y ético, plástico de la bonanza petrolera y sus bufones, fueron rodados del espacio usurpado, empujados con furia por la fuerza revolucionaria de la gente de a pie.

Épica fue lo de los Indignados. Pero sobre todo fue lo de Hugo Chávez, que lo adoraban los tunecinos hambrientos, los polacos, los que aún, por las sanguinarias muertes de muchos líderes y el pavoneo de quienes se han creído dueños del mundo, del mediterráneo, de la Faja del Orinoco, de la Triple Frontera del Sur, del Acuífero del Guaraní o la Amazonía, creen que la Revolución Bolivariana ha caído en el olvido.

Con el presidente Maduro, heredero colectivo del legado, estamos dando esa lección magnífica de la revelación de que no sólo dentro de nuestros sueños estamos vivos, sino que estamos en combate y seguiremos siempre en combate porque somos hijos del trueno.

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