Mientras más se aclara más confunde

La cultura Polar o el galimatías capitalista

Mi abuela nunca aprendió lo que es la geometría
pero una arepa en sus manos redondita le salía…

Gualberto Ibarreto

Las abuelas de la generación de Gualberto no hacían las arepas con harina PAN ni envenenaban a sus nietos con Migurt, ellas trabajaban de sol a sol, cantaban antes que el gallo, desgranaban, pilaban, hervían, molían, amasaban y torneaban el pan autóctono con sus manos amorosas, y lo cocían en fogón de leña, como Mamá Pancha la de Alí que se fue quedando ciega porque la verde echa humo.

La economía, chico, la economía… esa ciencia alquímica que convierte en oro el sudor de los pobres y trueca en miseria social las riquezas de quienes trabajan toda su vida para engordar las alforjas de los pocos vagos que las disfrutan sin límites políticos, jurídicos, éticos. La economía… ese dislate entre el ser y no ser explotado por el esclavizador de turno histórico; ese incongruente modo de inventarle desigualdades a la gente para demostrar la superioridad humana en el reino animal; ese mito fundado en la eficiencia de los capaces, las virtudes de los emprendedores y la eficaz codicia de los más aptos; esa fatal utopía humanística de alcanzar la felicidad eterna en el más allá, en el reino de los cielos, una vez purgado los pecados que el frío y el hambre terrenales obligan a cometer.

La economía, chica, la economía… esa charada indescifrable que fabula todas las respuestas para provocar las guerras de los pueblos contra ellos mismos, de la gente contra ella misma, del mundo contra sí mismo. Esa mentira, la más grande mentira inventada por el hombre, ¡sí, el hombre; no me vengan con el cuento del lenguaje de género!, para civilizar a sus iguales y dominarles por todas las vías de hecho que el Derecho les propicia.

Carlos Marx murió en la indigencia mientras intentaba explicarle a los intelectuales de su época con qué se come el capitalismo, el desarrollo, el progreso, las libertades y bonanzas financieras de la civilización burguesa sucesora de la monarquía. Fue un loco lúcido y como tal escribió, escribió, y escribió todo cuanto pensó, porque en principio la economía es una simple cuestión de pensarla para que otros la hagan, si a fin de cuentas la economía es un ensayo constante, un infinito experimentar -condicionante de, y condicionado por, imponderables históricos- para lograr el control político absoluto de los siervos, o ciudadanos, o pueblos; o masas: la contemporánea y más precisa objetivación de colectivo social mediatizado, obediente.

Carlitos, judío no militante, tuvo que entintarse de rojo-rojito los dedos y apostarse del otro lado de la acera burguesa de su época para poder observar atenta y sagazmente las sombras chinescas que filósofos, matemáticos y literatos proyectaban como pronóstico auspicioso de la acumulación de riquezas en manos de industriales plebeyos, casi todos judíos conversos, o laicos tan plebeyos como los otros: criadores de marranos, carpinteros, orfebres, zapateros, herreros, banqueros, prestamistas y etcéteras en alianza, por no decir contubernio, con los astutos comerciantes del liberalismo emergente y sus florecientes jurisconsultos urdidores del entramado legal de la democracia burguesa, decimonónica hasta el día de hoy.

Eso fue todo lo que hizo el pobre Marx: escudriñar los desaseados calzoncillos de los principios económicos del liberalismo burgués, también decimonónico, y exponerlos a la luz del carbón que mal iluminaba el futuro, o nuestro hoy. Luego, convertidos sus textos en doctrina, la puerca le torció el rabo a la cháchara marxista. Los doctrinarios pro, y/o contra, convirtieron su análisis en cartas del Tarot, abrieron sus páginas al albur de los partidos, organizaciones, ligas, sindicatos, grupos, grupitos y grupetes -según el decir de aquel predecesor de Ramos Allup-, se arrogaron el legado intelectual de Marx y le dieron tantas utilidades como mezquinas apetencias pudieran complacer las recopilaciones de Engels, los manuscritos marxianos por él transcritos, los millones de páginas impresas y los cientos de ediciones y traducciones que desde entonces fantasmean este mundo, trastocado por aquel hombre que nació en Tréveris y yace en Londres.

La economía no tiene leyes, las argüidas como tales por doctos charlatanes, son falsas

Vale decir que el papel aguanta todo, y la obra de Marx ha aguantado todo y más, como será que está aguantando el chaparrón progresista, ese birlibirloque ad-hoc para esta crisis existencial del capitalismo en resaca y del proletariado también, porque el comunismo carece de generación de relevo. Hay un prematuro vacío de Marx, las escuelas norteamericanas de economía lo hegemonizaron, lo fundieron en un solo pastillaje liberal, lo academizaron a sus anchas bélicas luego de que la academia URSS lo momificara convirtiéndolo en insípida receta ideologizadora, propia de sus geocircunstancias pero nunca de las nuestras, digan lo que digan la Harnecker y el Dieterich; basta con remitirnos a las pruebas, pero ese es otro tema que comienza con la siguiente afirmación: la economía no tiene leyes, las argüidas como tales por doctos charlatanes, son falsas.

Entonces evitemos hablar de economía y lucha de clases para no irritar la sensibilidad de los más sensibles; los caritativos, los bondadosos, los que llenan la barriga con el diezmo que cobran y se olvidan del que no come ni tiene para pagar el diezmo. Evitemos ahondar en contradicciones político-económicas para no aludir a Macri e incomodar a Bergoglio, después de todo es pura coincidencia epocal la coetaneidad entre ambos, las concurrencias de tiempo y lugar. No hablemos de burgueses y proletarios para no hacer ruidos comunistas ni ahuyentar a los aliados progresistas, tan cuidadosos ellos del discurso complaciente, tan sutiles, tan urbanos, tan bien vestiditos y peinaditos, tan posmos, tan tecnócratas.

Jamás digamos confiscar; reiteremos el verbo expropiar hasta la no connotación para que Lorenzo Mendoza disfrute a lengua suelta su libertad de expresar a viva voz, por escrito y por señas, su incólume voluntad sediciosa, su firme decisión de revertir cuanto hayamos podido lograr en estos cortos 17 años de compromiso revolucionario con el mañana de nuestros hijos, y nietos, de la Patria Bonita. Caigamos mansos, desprevenidos, ingenuos, lerdos, en el discurso económico del Mendoza junior, sigamos intentando demostrar en los gráficos y en la práctica, que lo estamos haciendo bien porque intentamos hacerlo a su manera, como debe ser, progresistamente y no comunistamente, ¡uy!

Reiteremos que la culpa es toda nuestra por culpa de todo nuestro petróleo, y no de él, de Mendocita y toda su ascendencia gánster agazapada entre bambalinas imperiales. Ni en broma llamemos pan al pan, vino al vino, y mucho menos yogurt al yogurt, sigamos teorizando sobre las "leyes" económicas capitalistas que intentamos entender, dominar, aplicar, adaptar creativamente para cambiarlo todo sin cambiar nada, para que no se asusten los sectores productivos, los empresarios ¿o explotadores? para que la cándida burguesía criolla aprenda, ahora sí, a invertir bien los dólares de la maldita y asquerosa renta petrolera que les regalamos por millones y millones y más millones, en aras de garantizarles la propiedad privada de sus bienes, de sus capitales usurarios, de su homicida Ley de Máxima Ganancia, y sobre todo de la posesión y despojo de la fuerza motriz humana sobrexplotada, o sea: la plusvalía.

Sigamos repitiendo hasta que se afinque como imaginario socialista siglo XXI que plusvalía es igual a plusvalor; que el trabajo que el amo le roba al esclavo asalariado es igual a la ganancia equitativamente agregada a la inversión para calcular el "precio justo"; sigamos acatando tácitamente la justicia económica monetarista, sigamos creyendo en pajaritos preñaos de buenas intenciones como la sentencia aquella precursora de la Ley de Amnistía e impunidad fascista.

Sigamos afirmando que la competencia es sana y que la gente se hace rica trabajando. No digamos ni en broma que mi trabajo se lo roba el patrón, que en este caso se llama Lorenzo, quien además me roba la renta, el PIB, el IVA, los intereses bancarios, y me vuelve a robar cuando compro la basura empaquetada que me obliga a consumir gracias a su restringida libertad de comercio y su libérrimo mercantilismo "familiar" de marketing: todos somos Mendoza. La Cultura Polar.

Sigamos obedeciendo las sentencias definitivamente firmes e inapelables de Mendoza y las mafias que él coordina: "Los productos están secuestrados por el congelamiento de precios"; que están secuestrados reconoce el cínico, y además advierte que seguirán secuestrados mientras no se materialice su capricho extorsivo: descongelar los precios. El hombre admite medio siglo de emprendedoras fechorías, dejó caer su edad, como pañuelo de novia ante el arrobo fashion de Vladimir Villegas, para que nadie alentara dudas sobre sus vigorosas apetencias presidenciales, para que ninguno de sus longevos contrincantes alentara esperanzas al respecto, para que Henry Falcón se baje de esa nube y MariCori se vaya bien largo a lavarse esas rodillitas de pollo con moquillo.

Sigamos, como Mendoza, afirmando que la gente se hace rica trabajando

La ley de la inflación inducida le corneó la entrepierna a nuestros economistas y tecnócratas financieros, no podía ser de otro modo porque es inútil intentar el socialismo aplicando y dejándose chantajear por los mismos criterios macroeconómicos de la obsolescencia neoliberal, de la decadencia oligopólica. Ahí está el quid del progresismo: tanto liberalismo como sea necesario, tanto populismo como sea posible, para mantener a flote la destartalada nave capitalista navegando en aguas de Guerra Global, decretada pero no declarada por el Pentágono; no en vano el progresismo es el placebo neoliberal recetado, a finales del siglo XX, por el Jefe del Estado Vaticano Karol Józef Wojtyla para curarle al siglo XXI los excesos del Capitalismo Salvaje, una vez derrotado secularmente el socialismo, a raíz de la caída del Muro de Berlín; qué tal si nos preguntamos como quien no quiere la cosa: ¿Se cayó por Ley de Gravedad o lo tumbaron para venderlo en suvenires, de a pedacitos?

La inflación y sus leyes, una de las más estruendosas mentiras económicas, indemostrable por la burguesía parasitaria de la economía rentista -improductiva según los parámetros de producción de mercancías, de capitales y de moneda, reversible a favor del anticapitalismo, en todos y cada uno de sus enunciados-, le cantó toque de queda al presidente Nicolás Maduro, y a nosotros nos ató de manos, de pies y de voluntad, nos estragó estómago y bolsillos, asaltó la Asamblea Nacional y está a punto de derrotar el más hermoso y viable proyecto emancipador nuestroamericano de los últimos cinco siglos.

El peligro que nos acecha tiene caras, tiene nombres y tiene apellidos, pero nos paraliza la inercia por desmovilización navideña, carnavalesca, festivalera, pachanguera, progresista: un infame cualquiera amenaza desde su tribuna mediática con que "si Maduro no cambia, lo cambiamos", mientras un joven chofer de carrito destartalado diserta a voz en cuello, por encima de la bachata ensordecedora y con anuencia del resto de los pasajeros, su apoyo incondicional a Lorenzo Mendoza, por su gallardo sacrificio ante la hostilidad del gobierno, "si no fuera por él ni bachaqueros tendríamos para comer porque el gobierno no produce nada". A estas alturas de los seis meses de plazo Allup, los 5 millones de votos duros están como pintados en la pared, ¿o en el Muro de la Calle Street?

Carlos Marx analizó los laberintos del capitalismo industrial en su fase oral, después de él todos se dedicaron a analizar, desmontar, criticar, fustigar, repetir, canonizar, satanizar y cualquier verbo en infinitivo descalificativo, a Marx. Nadie ha querido ensuciarse las manos analizando el capitalismo en su fase anal, los sociólogos posmo están muy entretenidos estructurando el progresismo para curarle los males al capitalismo y humanizarlo como manda el Estado Vaticano, su banca sionista y su ejército opusdeísta, mientras Wallerstein, Stiglitz, Mészáros, Chomsky, Monedero, y otros, miran con curioso reojo el tercermundismo de abajo, del Sur de la América, ese subcontinente salvaje que no termina de abandonar el conuco para irse a sus universidades, y tiene mucho que aprender de ellas aunque al que nazca barrigón ni que lo fajen chiquito. Con mucho respeto y buena voluntad, para Jesús Farías y Germán Ferrer.

Una línea final: ¡O inventamos o erramos, carajo!

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