Entre Cortázar y Vargas Llosa un mar de leva corre bajo sus puentes

Para Chávez, el amigo inolvidable, lector insomne, travieso cronopio llanero, relojero de alcauciles; el que baila bajo la lluvia cuando la bandola contrapuntea con el viento sabanero. Amado Veguero.

Dice Cortázar: "Mario Vargas Llosa es totalmente sordo a la música: no le gusta, no le interesa, no existe para él. Su prosa es una prosa magnífica que transmite todo lo que él quiere transmitir pero para quienes tenemos otra noción, es una prosa que no contiene ese otro tipo de vibración, esa otra arquitectura interna que transmite ese otro tipo de valores musicales".

Así, sin compasión ni maltrato retrata un cronopio a un fama; vale acotar que los fama son este tipo de personajes:

"Un fama es muy rico y tiene sirvienta. Este fama usa un pañuelo y lo tira al cesto de los papeles. Usa otro, y lo tira al cesto. Va tirando al cesto todos los pañuelos usados. Cuando se le acaban, compra otra caja.

La sirvienta recoge los pañuelos y los guarda para ella. Como está muy sorprendida por la conducta del fama, un día no puede contenerse y le pregunta si verdaderamente los pañuelos son para tirar.

Gran idiota -dice el fama-, no había que preguntar. Desde ahora lavarás mis pañuelos y yo ahorraré dinero".

A Vargas Llosa no le puede gustar la música

Luego de identificado el fama, se comprende por qué a Vargas Llosa no le puede gustar la música; es más, jugando a quien bien infiere, aseveremos que a Mario le disgusta la música, la detesta, y que a lo mejor por tal sinrazón, por esa pasión vallenata que García Márquez paseaba sin complejos por toda Europa, el hombre acosado entre perros y ciudades atacó al Gabo con un fuerte puñetazo apuntado al oído pero asestado en el ojo derecho mientras éste oía llover en Macondo un aguacero musical. Pura envidia.

En estos tiempos de desgajamientos intelectuales, de progresismos antimarxianos, de cultísimas academias postmo tercermundanas, de Bergoglio y Trump apoltronados en sendos tronos civilizatorios; el no sucumbir depende de reencontrarnos con Cortázar cada día como si cada uno de sus textos hubiera sido escrito en el instante mismo de revelarse ante nuestros ojos. Porque nunca volveremos a tener el privilegio de oler la tinta fresca de sus palabras aun cuando su melodía nos acaricie siempre.

El mar de leva traído por Cortázar, cálido, armonioso, alborotador, acaricia arenas blancas y doradas, las preña, las levanta y las deja caer suavemente en otras costas, en los linderos del encantamiento que Julio hizo sonar en letras exactamente dispuestas bajo los puentes que la realidad tiende entre ella y la vida, pero que nosotros, sólo a veces, alcanzamos a entender cuando los cruzamos.

El mar de leva acarreado tras Vargas Llosa es furioso, ruge, maltrata a las gaviotas. Carece de esa otra arquitectura interna constructora de puentes fantásticos que se levantan a la hora de los relojes de alcaucil. Para cruzar los puentes de Vargas Llosa basta con darle cuerda a un reloj, para lo cual Cortázar escribió las instrucciones. Ni las gotas de lluvia se aplastan contra ellos.

Notas relacionadas

El corralito

3 de Diciembre de 2016

Y si el diálogo es con Dios

15 de Noviembre de 2016