En defensa del culo de Jimena Araya y de las "Rositas" del mundo

Rosita es lo que muchas mujeres nacidas y criadas en capitalismo quieren, quisieran y sueñan "ser". Las comillas se deben a que una cosa es Rosita (la imagen) y otra cosa es Jimena Araya (la mujer).

Muchas quieren ser Rosita; pocas quieren ser (hoy) Jimena Araya.

Rosita es una versión actual de las muchas cenicientas de todos los tiempos: la muchacha pobre que está explotada de buena, aunque también está explotada por un sujeto, un canal de televisión que se lucra con sus curvas, y un sistema que la convierte en emblema de la mujer artificial: la que ninguna mujer será nunca pero que muchas (que se repita) quieren ser.

¿Príncipe azul que venga a rescatarla? A Jimena le llegó el suyo por un rato; a Rosita no le llegará el suyo nunca. Si le llegara se acabaría el show.

En ejercicio de esa explosión de hormonas y de belleza, de plástico y silicón, a Jimena Araya le estaba yendo "bien"hasta hoy. En capitalismo, "estar bien" significa llevar una vida donde sobran los centavos y las emociones fuertes.

A Rosita, en cambio, nunca le fue ni le irá bien: su destino, si quiere mantenerse en la cúspide de la atención (el raiting) es seguir estando buenísima pero manteniendo su condición de pobre, explotada, buceada por millones. Rosita es Rosita mientras sea una cachifa y se deje mirar y tocar el culo. Cuando deje de serlo, Venevisión hará otro casting (ya seguramente lo hizo; los canales comerciales y sus chulos viven de hacer castings, coronando ganadoras y coronándose a las perdedoras; total, todas están bien buenas y las que no se hacen famosas igual son víctimas).

El personaje Rosita es una víctima eterna, como eterno es su personaje: mientras haya capitalismo habrá Rositas, más o menos voluptuosas que la pobre Jimena Araya.

Ahora ha comenzado el martirio de Jimena Araya: todos los ojos están sobre ella, pero esta vez no en plan de admiración y embeleso, aplauso ni estímulo, sino porque esta película de ahora enloquece más, estimula más el morbo, dispara las fatansías: ahora todos quieren ver a Jimena Araya detenida, presa, y quiere imaginársela o verla en prisión.

El circo romano era un espectáculo dantesco, enfermizo y cruel, pero nada tenía más público que ese circo de la depredación del hombre por el hombre. Hoy estamos en presencia de una versión de ese circo: la mujer engrandecida y programada para desatar bajas pasiones, degradada y encerrada en el peor lugar posible.

Ella, poderosa y ahora devuelta a su condición primigenia: Jimena fue una Rosita que logró sus sueños. Ahora será otra vez Rosita, y el hambre colectiva de tragedia quiere verla no sólo vejada y manoseada sino ahora despedazada en la multitudinaria soledad de una cárcel.

Como siempre, el responsable o los responsables del "caso" Jimena-Rosita no pagarán (más bien cobrarán) por el desenlace de la historia, sea cual fuere. No nos referimos al Pran con quien la relacionan (parece que fue capturado en Aragua) sino al empresario, chulo, millonario, magnate; a la especie de Osmel Souza que convirtió a esa muchacha en esto de lo que hoy comen los diarios amarillistas del país. Ese hijo de puta (y, como siempre, una pobre mujer se lleva parte del insulto: la puta que lo parió) se llenará también de centavos y de prestigio y de leyenda por haber estado tan cerca del culo de Jimena Araya, esa Rosita original que fue transmutada otra vez en Rosita.

Post data: al "Niño Guerrero" no lo capturaron en un escondite recóndito sino en casa de su mamá. Algún día tendremos que hablar de nuestro ancestral apego a las mujeres; esas que pasamos la vida jodiendo y utilizando para al final echarles la culpa: "Me jodieron por ella(s)".

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