Cuento griego, Gramsci y la Revolución Bolivariana

I

Leo en un libro editado en 1978 en Francia algo que llama mi atención pero no me sorprende sino, más bien por el contrario, me consuela al pensar que por lo menos en esta hora en que muchos somos más dóciles a las intuiciones que a las lecciones enciclopédicas de la Razón, que todas las incertidumbres no son tan agobiantes en los intentos de no dar cuartel al enemigo, hasta vencer o morir triunfando por la causas más nobles del pueblo llano, sus gentes desamparadas, lejos del disfrute compartido con la naturaleza y la justa y humana distribución de la riqueza.

Al parecer, interpreto en ese libro amarillento y apolillado, entre los siglos XI y XII los cristianos de Europa, la de Occidente, esa que según Briceño Guerrero fluye en nuestros cantares, amores, fogatas bajo la luna, muertes, diluvios, pesares y pensares, así como la sangre se desplaza por las venas, redescubrieron las obras de Platón y Aristóteles a posterior de muchas otras fuentes prodigiosas, como si no hubieran estado al alcance de ellos con tiempo atrás, o cerca, muchos de tantos prodigios que las guerra habían echado a un lado, así como cuando los bárbaros rompieron los cristales del opulento Imperio Romano y destrozaron jarrones, estatuas y ni olfatearon un sumario de prácticas existenciales un tanto subidas en francachelas de esas que uno ve en ciertas películas para mayores de edad y con cédula plastificada.

II

¡Qué cosas aparentemente provenientes del azar, verdad, parecen serlo! Uno no sabe. A la larga, como dijo Chaplin, todo al final parece un chiste, o es un chiste.

Y lo digo porque según (también parece históricamente cierto, no me consta) precisamente fue la época cuando judíos y musulmanes se alejaban de la racionalidad que aprisionaba la porción que ellos mismos le dotaron a sus mitologías, a sus alegorías y a sus caudalosas corrientes de religiosidad empeñadas en enfrentar (o poner a dialogar a dos o tres o más dioses), y cuando los cristianos se hicieron los locos, se ampararon en la Santísima Trinidad e hicieron lo mismo para dejar que el Reino de Dios buscara sitio en el Vaticano, o le dieron la vuelta a la moneda para darle rostro al catolicismo, en fin. Eso pudo haber ocurrido: que las tres culturas comenzaron a alejarse del mito que gravitaba en sus esencias para crear otros mitos más sofisticados. Y eso ocurre con los mitos. Hay momentos en que las sociedades gravitan en torno a ellos, como dice la profesora Clarac de Briceño y hay otros en que es más relevante la fijación en los orígenes de la flora, la fauna, la pesca o el origen de la humanidad, que en esa época bullía en la Europa Occidental.

Algún día aparecerá la crítica como un modo de hacer la revolución

III

Si nos planteáramos buscar en Chávez las huellas de sus estudios del capitalismo (ese europeo que Jesús Ernesto Parra diagnostica como decadente y por eso mismo flácido y de muerte lenta) y homologarlas con las incógnitas, con esa tarea pendiente que dejó el líder de la Revolución Bolivariana, de ese tema que tanto angustió a Hugo, la llamada por István Mészáros, "la lógica del Capital", podríamos adentrarnos en las aguas profundas que todo el mundo le teme por profundas y preguntarnos en voz baja mientras sube el telón: ¿aceptamos el reformismo pero en su versión más amortiguada por la vertiginosidad de las crisis civilizatorias o por el modus de moverse en el tablero geopolítico los líderes de la real política? Y si así fuera, ¿cómo se va a hacer con los oropeles metálicos, la distribución de las riquezas naturales que tienen en mente muchos gobernantes de estos tiempos? ¿Y de las heridas del movimiento popular quién va a disertar? Supongo que las retóricas de la guerra asimétrica (que ya no pueden con ella misma) rebasarán las cuadraturas del Facebook y surgirá otra red para ella.

¿Entonces la rana irá a echar pelos o no? Habrá que esperar. Pero esperar sin desesperarse (cosa que es como una nueva forma de militar) a que, desde el fondo del mar llegue, por fin, aquella ola de la que hablaba con angustia el filósofo y constructor Alfredo Maneiro, hoy sometido al olvido, como seguramente corresponde a la "lógica" de estos tiempos tan opacos y peligrosos.

IV

A medida en que escribo mi ánimo se ha ido cargando de una paciencia casi mística y por eso mismo arrebatadamente silenciosa. Pienso en la guerra económica, cuando comenzó a filtrarse por debajo de la rendida de nuestras puertas caseras.

En las declaratorias de guerra contra ella del presidente Maduro, en los CLAP, en los carbohidratos, en el tan escabroso tema de los medicamentos, en las propuestas de Samán (Eduardo), en el papel toalé, en la corrupción, en el vaivén de los precios del petróleo, en el billete de 100 y por lo tanto en Dólar Today, Cúcuta, la desbaratada valla que PJ sacó con el rostro mallugado de Ramos Allup y en la triste historia de su Barbie anciana.

Hubo un tiempo que parecíamos zombis, desde los niños hasta los viejos, tratando de no exhalar el aire agrio de la cotidianeidad, con ganas de bajar por la fuerza de sus pedestales a los dueños del botín, de que no prevalecieran garantías algunas para empujar las santamarías de la Polar y vaciar sus depósitos, darle cauce hacia la calle a los alimentos secuestrados, desenmascarar a los llamados bachaqueros y a sus cómplices, a los burócratas y corruptos que se amparan en el contrafuerte del gobierno o de otra fortaleza.

Pero debe ser algo más que paciencia la que hay que tener para comprender que toda revolución abre tarde o temprano, por decisión o voluntad de las masas crecientes, un período de revisión crítica hacia adentro. Decía Gramsci que no debe haber ninguna tolerancia para el error. Libertad de pensamiento no significa libertad de errar y disparatar. Esta revolución es muy joven, pero no está entre nosotros su hacedor, en su lugar están las masas junto al presidente Nicolás con un nuevo gabinete que todos esperamos acompañe los pasos del pueblo, como lo hacía Chávez.

Sería sinónimo de que la discusión llamada interna dejará de ser una comedilla entre los nefastos Ravell, Bocaranda y otros. Creo en ese debate fibroso, desde adentro, y algún día tendrá que llegar cuando en la superficie aparezca la crítica como un modo de hacer la revolución.

Así será.

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