Crónicas desde La Habana: adiós a casa llena

En el recorrido de la todavía joven historia de la Revolución Cubana, todos los actos masivos en la Plaza de la Revolución de La Habana habían tenido al Comandante Fidel Castro Ruz como figura central. Este martes 29 de noviembre de 2016 fue el primero sin él. El pueblo cubano que par de días atrás prefería el silencio apareció masivamente a rendirle tributo, encarnándolo a lo largo y ancho del histórico sitio. Como si esperasen que nuevamente dirigiera el acto.

La calle Hidalgo con Novena. Por ahí transita el intrincado laberinto que lleva a la Plaza de la Revolución, sus calles aledañas, casas y pequeños edificios humildes, adornados con matas de plátano, la bandera a media asta y algunas otras con la simbólica roja y negro del 26 de Julio en sus patios y alrededores. Son la bienvenida al histórico sitio. La primera imagen antes de presenciar su longitud evoca la sencillez y la modestia de quienes ahí rinden homenaje. Esta crónica se escribe desde abajo, en medio de la Plaza y con la gente.

El tumulto de la plaza comienza desde esas calles. Cayendo la tarde hay un espacio que permite cierta movilidad para avanzar por sus bordes hacia los ministerios de Interior y Comunicación, famosos por ubicar en sus fachadas las caras-símbolos de Camilo y el Che.

El centro de la plaza, al menos desde que llegamos, es una una masa sólida e impenetrable. Conforme pasaban los minutos los escasos corredores que quedan entre las personas para acercarse a la tarima se van cerrando. Cada tanto la Cruz Roja cubana abre paso con uno o dos desmayados, generalmente extranjeros: gringos, europeos o asiáticos para ser más exactos, indicativo de que los habaneros conocen el sol, el sitio, el tumulto y este tipo de concentraciones.

Al caer la noche la Plaza de la Revolución es un todo compacto, disciplinado e inamovible. Imposible avanzar a la tarima del acto central, con menos de 5 centímetros de movilidad entre persona y persona, sólo los más aptos físicamente pueden atreverse a soportar el sofoco, el calor, los olores y la escasez de oxígeno. No cabe un alma más, como durante las dos declaraciones históricas de La Habana, comentaba una señora de avanzada que rememora esa situación comparándola con la cantidad de gente.

La estética caribe describe todo a lo largo y ancho de la plaza. La multitud joven que no se vio durante los dos días anteriores hoy sí ocuparon el sitio. Hay rasgos muy característicos entre el hervidero de adolescentes cubanas presentes en el primer acto de masas sin Fidel. La sólida mayoría viste el uniforme que en cualquier otro país del mundo generaría crisis de nervios por su obvio atrevimiento. Falda short color barro ajustado a los muslos (muy comentados por su pares europeas presentes), y una blusa azul también tatuada a la figura.

Justo minutos antes de la primera amenaza de inicio del acto oficial, los grupos de gente se muestran visiblemente divididos por el dato generacional. Vieja guardia militante por un lado con banderas, pines y vestimenta alusivas al tipo y la voluptuosa masa de estudiantes que, sentados en el piso habanero haciendo forma de círculos, marcan la raya de la nueva realidad cubana y el ingreso inevitable de la isla al mundo selfie.

A centímetros miembros de las fuerzas armadas de distinto rango se entremezclan entre la multitud. Miles de enfermeras y doctores, todos con batas blancas. Y es justo ahí donde se vislumbra una diferencia no sólo y exclusivamente generacional sino de percepción del momento y de cómo encararlo, disfrutarlo y sentirlo: mientras las doñas y dones de mayor edad se encuentran tranquilos y concentrados en cada uno de los discursos, los más chamos graban con teléfonos de última generación y toman las respectivas selfies con la famosa cara.

En medio de ese clima suena en los parlantes una primera amenaza de inicio del acto, los grupos que parecen divididos automáticamente se ponen de pie. Jóvenes, viejos, estudiantes, médicos, militares, extranjeros, periodistas. Ha comenzado el acto de homenaje y despedida a Castro, líder único y fundamental de una Cuba que condensa tanto. Insistir en la capacidad de disciplina no es un capricho de quienes escriben. Impresiona ver la atención al primer discurso de la noche ofrecido por Rafael Correa, presidente de Ecuador, quien lee extractos del concepto "revolución" escrito y expuesto por el mismo Fidel el 1 de mayo del año 2000 en esa misma plaza, 40 años después de su triunfo guerrillero. La mayoría de los habaneros acompañan a Correa en la exclamación, lo saben de memoria. Es casi una oración, esto roza lo religioso.

Una mujer de mediana edad que junto a nosotros observaba con detenimiento el discurso del primer orador de la jornada, el presidente Correa lanza una comparación más actualizada ante la pregunta que le hiciéramos entre los aplausos: para ella había más gente que durante la realización del concierto por la paz hace varios años en el mismo sitio, o lo que es lo mismo, en la Plaza de la Revolución el día de ayer había sobradamente más de un millón de personas, afirmaba con seguridad.

Una señora de 1,20 metros de estatura, calculando a vuelo de pájaro, se abre paso entre la multitud a ver si entre hombro y hombro, espalda, cabeza y banderas, alcanzaba a fijar la mira de sus pequeños y antiguos binoculares directo a la tarima. Prosiguen los discursos de Jacob Zuma, presidente de Sudáfrica; Roosevelt Skerrit, primer ministro de Dominica; Salvador Sánchez Cerén, presidente de El Salvador; Alexis Tsipras, primer ministro de Grecia; y una larga lista de líderes del mundo, presidentes de países asediados, sancionados o amenazados por los también enemigos de Cuba.

Abajo, las limitaciones para escuchar los discursos son notables, sólo unos pocos parlantes amplifican la voz de los presidentes, primer ministros y representantes. No hay una gran tarima, se hace lo que se puede. Unos escuchan desde pequeños radios, otros intentan acercarse a los parlantes. Pasa el tiempo y el ambiente es el mismo. La calma de otros días es sustituida por una extraña sensación de alegría. Es como si sobre todo los más viejos se sintieran reafirmados en un compromiso de años, describen una calma bastante contradictoria para un momento que se supone de dolor y consternación. Las desgarraduras teatrales por Fidel parecen más bien venir de afuera. El drama, insistimos, no pasa por los cubanos. Puede usted creerlo o no, pero es el retrato exacto del lugar.

Sin duda la ovación más grande antes de la participación de Raúl se la ha llevado Nicolás Maduro, presidente de Venezuela y primer presidente en la era post-Chávez. No lee discurso a diferencia de sus antecesores, se guía por una hoja, pero la mayoría del tiempo habla. Toma la palabra Raúl, visiblemente tranquilo, bromea con sus compatriotas y sin mayores histrionismos despide a su hermano, compañero de armas, amigo, jefe y comandante.

Y la multitud responde.

¡Viva Fidel!

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