Usando títeres Putin logró robarle las elecciones a Hillary Clinton

En 2016, los demócratas junto a los medios corporativos empezaron a masificar el término posverdad y noticias falsas (fake news) para culpar a Rusia de la derrota de Hillary Clinton. Según la acusación, Putin había utilizado una campaña de mentiras, apoyadas por hackers en redes sociales, para lograr la victoria de Donald Trump. En este contexto, los dos términos se regaron por el mundo, y el Congreso de Estados Unidos, incluso, los utilizó para criminalizar los medios alternativos opuestos a la candidatura demócrata.

Lo que derivó, además, en la apertura de un expediente en la Comisión de Inteligencia, dirigida entre otros por el congresista demócrata Adam Schiff, ampliamente financiado por la industria armamentística contenta con vender más armas bajo la excusa de la "amenaza rusa". Así el tema se convirtió en un tópico central de la política doméstica norteamericana de tal forma que la presión obligó al Departamento de Justicia a presentar una acusación formal contra trece ciudadanos rusos. La historia, sin embargo, parece salida de una fábula sólo comparable con aquel mito urbano de que la inteligencia cubana vigila a todo el mundo desde los bombillos de luz.

La historia de la acusación

Resulta que el Departamento de Justicia acusa a la compañía rusa Internet Research Agency, junto a trece ciudadanos de este país, de "una conspiración para defraudar a Estados Unidos". Cuyos argumentos se basan en que creó perfiles en redes sociales, junto a sitios webs patrocinados en Facebook, apuntados a generar una opinión contraria a Hillary Clinton en el público estadounidense. Entre los anuncios señalados, se encuentra una peligrosa página de Facebook de "cachorros lindos" que revela el grado de seriedad con el que se maneja esta acusación.

Pero aún no se despegue de su asiento porque en este mismo tono fue que Putin utilizó a esta compañía de márketing digital para posicionar "noticias falsas" desde cuentas de Twitter con la imagen de marionetas en formas de calcetines. Si aún no lo cree, observe por usted mismo lo elaborado de la interferencia rusa, mire los rostros de estos calcetines, y sobre todo sus ojos pintados de ira moscovita capaz de derribar la candidatura más todopoderosa alumbrada por el establishment estadounidense. Entre líneas, el mensaje de fondo de la investigación es claro: un calcetín es más creíble que los bombardeos sobre Libia.

Aunque la ridiculez, sin límites, de la acusación no se detiene ahí porque reconoce que la compañía utilizó todo este dispositivo de perfiles y anuncios, destinados a captar audiencia de todas las tendencias políticas y culturales, para vender publicidad pagada por empresas estadounidenses. Pese a esa confesión de parte, el Departamento de Justicia centra en esta empresa la principal prueba de la interferencia rusa en la elección presidencial, en el marco de la campaña demócrata por reflejar una colusión entre el comando de Trump con el Kremlin. Con el único fin de sostener una mentira que le permita a la industria armamentística vender más armas.

Porque es bastante inverosímil, poco sustentada por quienes la han leído completamente, si se entiende que la compañía de márketing digital sólo estaba interesada en dar opiniones a favor o en contra de Clinton para captar mayor audiencia a quien promocionarle su publicidad con fines comerciales. Luego de que azarosamente naciera en Rusia cuando su dueño Yevgeni Prigozhin contrató comentaristas de Internet para revertir una matriz de opinión en contra de una de sus empresas de alimentos, acusada de dar comida podrida a menores en Moscú. En ese instante fue que Prigozhin vio un negocio e inventó la fantasmagórica compañía que "derrotó" a Hillary Clinton. En este tono es que afirmó que después de la acusación que "los estadounidenses son personas realmente impresionables, ven lo que quieren ver. [...] si quieren ver al diablo, que lo vean".

Su utilización por fuera de las fronteras y la muestra de debilidad

Sin embargo, esta acusación del Departamento de Justicia continúa siendo la principal base para continuar con el alegato de que Rusia, junto a Venezuela, planea intervenir en las elecciones de México y Colombia. No se sabe si esta vez se intente expandir la gama de personajes intervencionistas estilo Muppets hacia la señorita Piggy o la rana René, según lo requiera el menú conspiranoico del aparato de justicia estadounidense. Lo cierto es que quienes, por lo menos, han interferido en 81 elecciones de otros países ahora tienen un cierto ataque de delirio, difícil de sustentar ante una población medianamente informada.

Pese a esto, como el expediente de interferencia rusa continúa sin que muchos medios hurguen en él para encontrar estos detalles, su derrotero deriva en un peligroso antecedente que abre las puertas a que un ciudadano extranjero, que no sea registrado como agente de otro país, pueda ser enjuiciado por opinar sobre la política interna de Estados Unidos, según el jurista Robert Barts. Una situación que dejaría como un juego de niños a la persecución contra las personas identificadas con el comunismo, realizada en los años 60 por el senador republicano Joseph McCarthy.

Lo que demuestra la enorme debilidad que tiene el establishment para imponer un liderazgo que conduzca sus políticas en el principal portaaviones que las moviliza a nivel global.  Además, de clarificar cómo los términos posverdad y noticias falsas, popularizados por tanques de pensamiento y revertidos ante la opinión pública, provienen precisamente de una gran mentira que deja en ridículo a quienes se suponen que son considerados como la clase más poderosa e inteligente del mundo.

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