El fantasma de la división

Pocas cosas aterrorizan más a los militantes de movimientos y partidos que el riesgo o posibilidad de quedar fracturados, fragmentados o disueltos. La unidad es una quimera tan antigua y tan dolorosa que todo aquello que la ponga en riesgo es visto con terror. Duelen los divorcios tanto como las secesiones y las partidas. Por qué se fue, por qué murió: unidos nos queríamos o nos queremos para toda la eternidad. Tal vez la cosa sea tan sencilla como acudir al viejo axioma de la diversidad dentro de la unidad, pero hay casos en los que la vocación telenovelesca lo dificulta y lo empaña todo.

¿Está el chavismo en el trance de dividirse o de fracturarse? Yo creo que no. La imagen gráfica de la situación actual del chavismo no es la del carro yéndose por un precipicio, sino la de un carro con la familia adentro y un coñito fastidiado o saboteador queriendo agarrar el volante, mover el espejo, llamar la atención del chofer. Ese niño tal vez logre fastidiar un rato al conductor y a la familia entera, pero difícilmente conseguirá hacerse con el control del carro, y si la familia no se descuida es poco probable también que el carro se vaya por el barranco. Tenemos un movimiento que pareciera una perturbación, pero la autopista está más o menos sola y hay capacidad de maniobra para superarla.

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Hagamos un experimento. Ponga a un grupo de chavistas a leer los dos párrafos anteriores (no les muestre el resto todavía, muéstreles solamente los dos párrafos de arriba) y arme una pequeña muestra estadística: si son mayoría los que van a asumir y a opinar automáticamente (a favor o en contra) que eso de "niñito fastidiado o saboteador" es una alusión directa o indirecta a Eduardo Samán, esa muestra o universo de encuestados lleva dentro el germen de la división. Pero ya sabemos que ninguna de las dos posiciones son mayoría: ni el que detesta a Samán ni el que lo adora, y tampoco el que cree que todo lo que se diga hoy sobre el chavismo tiene que ver con Eduardo Samán.

Aunque a uno le haya llevado varias horas de lecturas, discusiones y análisis el tema de las candidaturas caraqueñas, la justa verdad es que la inmensa mayoría de los votantes de Caracas, esa ciudadanía que también está politizada pero mucho menos obsesionada que las voces que retumban en medios y redes sociales, actúa y responde conforme a criterios menos rebuscados. Lo que desconcierta y estremece hoy al chavismo no es la actitud de un candidato ni de los partidos que lo apoyan, sino la incomodidad obvia y natural producto de dos factores. Uno, la impotencia ante las perturbaciones económicas. Y el otro factor, rebuscadísima: la relativa tranquilidad que nos da el no sentirnos asediados electoralmente por un enemigo que decidió abandonar la pelea en los comicios.

Lo dicho: en presencia de una amenaza evidente el chavismo se moviliza y se compacta; cuando hay victoria y el enemigo está por allá lejos cayéndose a piña el chavismo se relaja, se distiende, baja la guardia. Y entonces comienza el carajito a joder dentro del carro.

Que no, coño, que el carajito de esta fábula no es Samán. El carajito es nuestra proclividad a convertir en telenovela lo que debería ser simple abordaje político entre camaradas. Cuando vemos más cámaras que camaradas en los alrededores nos ponemos dramáticos y peliculeros.

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Paréntesis. Por si no se han dado cuenta, aquello que tuvo la osadía de llamarse "mesa de la unidad" sí se desmamagüevó en mil pedazos, y es bueno recordar que esos pedazos ya existían y sólo se amalgamaban cuando les parecía que podían derrotarnos. La tensión entre socialdemócratas y bichos proempresariales es y será siempre irreconciliable. Adecos y copeyanos versus Primero "justicia"-Voluntad "popular". Pero en las coyunturas que los hacen olfatear victorias o posibilidades ellos son capaces de unirse, lo mismo que nosotros cuando estamos amenazados. Al fascismo lo aglutina el hambre de poder; al chavismo lo aglutina la posibilidad de perderlo.

Algunos sueñan con que entremos a una etapa de bipartidismo chavista

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Otro paréntesis. De los grupos y partidos hegemónicos de ese período que hemos llamado Cuarta República nos ha costado a los chavistas aprender cierta actitud o espíritu unitario. El fenómeno del bipartidismo, aquel engendro de dos cabezas predominantes llamadas AD y Copei, tenía una coreografía visible y un fundamento, vamos a llamarlo pragmático, de sobrevivencia del proyecto. Parecían partidos distintos y probablemente lo eran, pero al final de la jornada resultaba que los dos servían para lo mismo: para mantener con vida un Estado que le garantizaba energía y recursos al capital nacional y transnacional. Podían ser muy distintos en su estilo el doctor Caldera y Carlos Andrés Pérez, pero ambos le rendían pleitesía al mismo dueño, a la misma maquinaria de aplacar pueblos y de saquear países.

La coreografía era la discusión, la aparente rivalidad, entre los partidos del régimen. Eso se notaba incluso en la calle, en las familias: los ciudadanos eran capaces de discutir largamente porque este señor era copeyano y el otro era adeco, pero a la hora de precisar en qué consistía la diferencia entre uno y otro era difícil encontrarla. Tal vez en los años 60 sí estaba un poco más claro que Acción Democrática era más populachero y de calle, y los copeyanos arrastraban la fama, que a veces los condenaba pero a veces los salvaba, de ser conservadores a cuenta de socialcristianos.

Decía que a los chavistas nos ha costado copiar esas suertes de equilibrismo y fomentar o permitir la emergencia de una oposición chavista y bolivariana. Algunos sueñan con eso, con que entremos a una etapa de bipartidismo chavista, con dos opciones que defiendan el mismo proyecto pero exhiban diferencias en los modos de administrar los recursos y de combatir al enemigo común. Pero la cruda realidad es que no hay músculo físico ni pertinencia política en ese sueño, porque para los adeco-copeyanos del siglo pasado los movimientos contrahegemónicos no eran ninguna amenaza electoral real, pero para el chavismo de hoy el monstruo proyanqui-empresarial sí es una amenaza temible.

Si nos dividen nos vencen. Cuesta trabajo entender por qué nos ha costado tanto trabajo entender algo que hasta en refrán popular han convertido.

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Caso aparte, el de Ángel Prado y los comuneros de El Maizal. Excluidos de la arena electoral, el anuncio hecho después de saber que no podrán aspirar al control de la alcaldía no podía ser más interesante: en una entrevista concedida a Alba Ciudad han dicho que ahora su proyecto consistirá en la "construcción de la Ciudad Socialista y el autogobierno comunal". Es decir: como ya no pueden ubicar a uno de los suyos como alcalde, ahora trabajarán para hacer realidad lo que es su misión, que es la consolidación de la comuna.

Cualquier cosa que se diga al respecto va a ser analizada con lupa, así que concluyamos rápido y lo más claro que se pueda: si el proyecto chavista consiste en la deriva del Estado hacia una estructura comunal, entonces el papel de estos y otros comuneros tiene más relevancia fuera de la alcaldía que dentro de ella, ya que, si entendimos bien a Chávez, la alcaldía es un ente que con el tiempo deberá desaparecer.

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Queda en el ambiente analizar, entonces, no lo que vaya a pasar con los camaradas en estado de agitación antes de las elecciones, sino después. Habrá que evaluar las reacciones iniciales y subsiguientes que tendrán algunos camaradas ante el triunfo de Érika Farías y el PSUV en la alcaldía de Caracas. Preocupa un poco la lenta o inexistente capacidad de cicatrización de algunos hermanos, para quienes un insulto, burla o comentario dicho fuera de todo puede resultar motivo de ruptura o de oposición permanente.

Hay gente que, con tal de no reconocer las victorias de aquellos a quienes detestan, serán capaces de comenzar a ver o a promover defectos y despropósitos en todo lo que haga el camarada odiado. Compañeros que enarbolan la crítica como el valor máximo de todo revolucionario y, a causa de una comprensión errada o parcial de lo que significa ser rebelde, serán incapaces ya de reconocer nada bueno. Como alguien los señaló como indisciplinados, ellos señalarán a los funcionarios y colaboradores como serviles y jalabolas. Tensiones del lenguaje y los temperamentos que también deberíamos ser capaces de superar sin traumas.

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